Éramos muchos en los comienzos, creo recordar que mas de cincuenta personas, de todas las edades, de todos los sexos, de todas la religiones. Unos con más cultura, otros con menos. Unos colaboraban de una manera, otros lo hacíamos de otra, era en conjunto valioso, por que todos los miembros que lo componían, eran individuos de mucha valía, grandes personas.
Se crearon varios grupos de trabajo y con el esfuerzo de todos se inició una revista, no excesivamente pequeña, con multitud de ideas y esperanzas.
Fue pasando el tiempo y fueron emergiendo también diferencias entre las maneras de pensar de los directivos, unos querían unas cosas donde otros hacían otras.
Fueron apareciendo las primeras diferencias… ¿culturales? ¿personales?
Habían pasado dos o tres años y ya de los cincuenta iniciales tan solo quedaban treinta almas interesadas por el trabajo de La Buena Letra.
Según transcurría el tiempo, iba disminuyendo la plantilla. Unos se marchaban a vivir fuera de la ciudad, otros se casaban, tenían hijos que impedían que su pasión por las letras se desarrollase de esta manera, otros simplemente, decidían que esto no era lo que querían y se marchaban, sin mirar atrás.
Tan solo unos cuantos de los que inicialmente presentamos a La buena Letra en sociedad, seguíamos ahí, aun pensábamos que las letras eran importantes y que el mayor premio era plasmar una historia en un papel y dejar que otros disfrutasen con ella.
Comenzamos a montar otras historias para enseñar nuestro trabajo, se idearon los Recitales, en los que al principio nos limitábamos a mostrar textos de otras personas, canciones que habían marcado de alguna manera nuestras vidas, cantautores, poetas y al final, ya hace varios años, decidimos mostrarnos nosotros mismos, mostrar nuestros textos,

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