Anton Chejov - Historia de mi vida
- I -
El jefe de la oficina me dijo:
-A no ser por lo mucho que estimo a su honorable padre, le habría hecho
a usted emprender el vuelo hace tiempo.
Y yo le contesté:
-Me lisonjea en extremo su excelencia al atribuirme la facultad de
volar.
Su excelencia gritó, dirigiéndose al secretario:
-¡Llévese usted a ese señor, que me ataca los nervios!
A los dos días me pusieron de patitas en la calle.
Desde que era mozo había yo cambiado ocho veces de empleo. Mi padre,
arquitecto del Ayuntamiento, estaba desolado. A pesar de que todas las
veces que había yo servido al Estado lo había hecho en distintos
ministerios, mis empleos se parecían unos a otros como gotas de agua: mi
obligación era permanecer sentado horas y horas ante la mesa-escritorio,
escribir, oír observaciones estúpidas o groseras y esperar la cesantía.
Con motivo de la pérdida de mi último destino tuve, como es natural,
una explicación enojosa con el autor de mis días. Cuando entré en su
despacho, estaba hundido en su profundo sillón y tenía los ojos cerrados.
En su rostro enjuto, de mejillas rasuradas y azules, parecido al de un
viejo organista católico, se pintaba la sumisión al destino.
Sin contestar a mi saludo, me dijo:
-Si tu madre, mi querida esposa, viviera todavía, serías para ella
origen constante de disgustos y de bochornos. Dios, en su infinita
sabiduría, ha cortado el hilo de su existencia para evitarle terribles
decepciones.
Calló un instante y añadió:
-Dime, desgraciado, ¿qué voy a hacer contigo?
Antes, cuando yo era más joven, mis deudos y mis conocidos sabían lo
que se podía hacer conmigo: unos me aconsejaban que ingresara en el
ejército; otros, que me colocase en una farmacia; otros, que me colocase
en telégrafos. Pero a la sazón, cuando yo ya tenía veinticinco años
cumplidos y algunos cabellos grises en las sienes, lo que se podía hacer
conmigo era un misterio para todos: había estado yo empleado en
telégrafos, en una farmacia, en numerosas oficinas; había agotado los
medios de ganarme, como decía mi padre, honorablemente la vida. Y todos
los que me rodeaban me consideraban hombre al agua y sacudían la cabeza,
al mirarme, de un modo compasivo.
-Bueno, ¿qué vas a hacer ahora? -continuó mi padre- A tu edad, los
jóvenes ocupan ya una buena posición social, y tú no eres más que un
proletario, un miserable que no sabe ganarse honorablemente la vida y que
vive como un parasito a expensas de su padre.
Luego se extendió en largas consideraciones sobre su tema favorito: la
perdición de la juventud contemporánea a causa de su falta de religión, de
su materialismo y de su arrogancia. Los jóvenes de mi época, al decir del
autor de mis días, se entregaban de lleno a los placeres, a las ideas
perversas y a los espectáculos teatrales de aficionados, que el gobierno
debía prohibir, puesto que no servían más que para apartar a la gente moza
de la religión y del deber.
-Mañana -terminó diciendo- iremos juntos a ver a tu jefe, a quien le
pedirás perdón y le prometerás ser en adelante un empleado modelo. No
puedes, en manera alguna, renunciar a tu posición social.
Yo no esperaba nada bueno del sesgo que tornaba la plática, pero
contesté:
-¡Oigame usted, padre, se lo ruego! Eso que llama usted posición social
no es sino el privilegio del capital y de la instrucción. Los que no
tienen ni una ni otra cosa se ganan el pan con un trabajo físico, y no sé
en virtud de qué razones no me lo he de ganar yo así.
-Si empiezas a hablar de trabajo físico, no podemos seguir hablando.
¿No comprendes, imbécil, cabeza hueca, que además de la fuerza bruta
posees el espíritu de Dios, el fuego sagrado que te eleva infinitamente
sobre un asno o un cerdo? Ese fuego sagrado ha sido conquistado en miles
de años por los mejores hombres de la tierra. Tu bisabuelo el general
Poloznev se distinguió en la batalla de Borodino; tu abuelo era poeta,
orador y jefe de la nobleza del distrito; tu tío era pedagogo; yo, en fin,
soy arquitecto. ¡Todos los Poloznev han guardado celosamente el fuego
sagrado, y tú quieres apagarlo!
-Hay que ser justo: millones de hombres trabajan físicamente -objeté yo
con timidez.
-¡Peor para ellos! Si trabajan físicamente es porque no saben hacer
otra cosa. Su trabajo se halla al alcance de todos, incluso de los idiotas
y los criminales. Es bueno para esclavos y bárbaros, mientras que sólo los
elegidos pueden alimentar el fuego sagrado. Los elegidos son poco
numerosos, y los esclavos y los bárbaros se cuentan por millones.
Era completamente inútil continuar la conversación. Mi padre se adoraba
a sí mismo, y sólo concedía importancia a sus propias palabras. Lo que
decían los demás no tenía valor alguno para él.
Por otra parte, yo sabía que el tono altivo con que hablaba del trabajo
físico no obedecía tanto a su entusiasmo por el fuego sagrado como al
temor que le inspiraba la opinión pública: si yo me hubiera convertido en
un simple obrero, el escándalo en la ciudad habría sido enorme. Pero lo
que principalmente le mortificaba era que todos mis compañeros de escuela
hubieran terminado hacía tiempo sus estudios universitarios y se hubieran
conquistado una posición. El hijo del director del Banco era jefe de una
oficina muy importante, y yo, el hijo único del arquitecto municipal, no
era nada aún.
No se me ocultaba que el seguir hablando no conducía a nada, a no ser a
un grave disgusto; pero continuaba sentado frente a mi padre,
defendiéndome débilmente, para ver si lograba que me comprendiese. La
cuestión no pedía ser mas sencilla: no se trataba sino de encontrar una
manera de ganarse el pan. Y mi padre no se hacía cargo de la sencillez de
la cuestión, y me hablaba sin cesar, con frases afectadas, del fuego
sagrado, de Borodino, del abuelo poetastro hacía tanto tiempo olvidado,
etc., etc. Me trataba de idiota, de imbécil, de cabeza hueca, y, sin
embargo, yo sólo quería que me comprendiese. A pesar de todo, él y mi
hermana me inspiraban gran cariño. Acostumbraba, desde mi infancia, a no
hacer nada sin su consejo. Estaba tan arraigada en mí esa costumbre, que
desembarazarme no podré de ella nunca. Obrase o no con razón, siempre
temía afligirlos, siempre temía que le diese a mi padre un ataque
hemipléjico cuando se enfadaba conmigo, pues la ira le ponía fuera de sí,
le subía la sangre a la cabeza.
-Estar sentad -dije- en una habitación mal aireada, copiar papeles,
rivalizar con una máquina de escribir es vergonzoso y humillante para un
hombre de mi edad. Y en nada de eso hay mi una chispa del fuego sagrado de
que me habla usted.
-No obstante, es un trabajo intelectual -contestó mi padre-. ¡Pero
basta! Pongámosle fin a esta conversación. Sólo he de advertirte que, si
no sigues asistiendo a la oficina y te empeñas en obrar conforme a tus
inclinaciones despreciables, yo y mi hija te privaremos de nuestro afecto.
¡Y te desheredaré, te lo juro!
Con completa sinceridad, para probarle la pureza de mis intenciones, en
las que quería inispirarme toda la vida, repliqué:
-La cuestión de la herencia no tiene para mí ninguna importancia.
Renuncio de antemano a mi patrimonio.
Sin que yo lo esperase, tales palabras ofendieron mucho a mi padre. Se
puso rojo como la grana.
-¿Te atreves a hablarme así, imbécil?-gritó con voz chillona-.
¡Canalla!
Y me dió un par de bofetadas.
-¡Eres un insolente!
En mi niñez, cuando mi padre me pegaba, yo debía permanecer derecho
ante él, inmóvil, con los brazos caídos a lo largo del cuerpo, mirándole
de frente. Ya hombre, si alguna vez me sacudía el polvo, el respeto y el
hábito me compelían a adoptar la misma postura y a mirarle del mismo modo.
Aunque había envejecido, sus músculos eran aún fuertes, y los golpes que
me administraba no tenían nada de suaves.
A la segunda bofetada, a pesar de mi respetuosa y añeja costumbre de
quedarme quieto, retrocedí hasta el recibidor. Él me siguió, cogió su
paraguas del perchero y empezó a darme paraguazos en la cabeza y en los
hombros.
En aquel momento mi hermana, atraída por el ruido, abrió la puerta del
salón. Al ver lo que ocurría, volvió la cabeza, pintados en el rostro el
terror y la lástima, pero no pronunció ni una palabra en favor mío.
Mi decisión de no volver a la oficina de donde me habían echado, y de
comenzar una vida nueva, de verdadero trabajo, era inquebrantable. Sólo me
faltaba elegir oficio, lo que no me parecía difícil, pues me consideraba
con vigor, perseverancia y capacidad para el trabajo más penoso. Harto
sabía que la vida que me esperaba era una vida monótona de obrero, con sus
miserias, su ambiente grosero, su constante temor de hallarse sin trabajo
y perecer de hambre. Acaso al volver de mi trabajo por la calle de la
Nobleza -la principal de la ciudad-, lamentase algún día no haber
preferido una carrera intelectual; pero, por el momento, yo estaba muy
satisfecho de mi decisión y no me espantaba la idea de las privaciones,
las inquietudes y los sinsabores que me aguardaban.
En otro tiempo soñaba con una carrera intelectual: me imaginaba ya
profesor, ya médico, ya literato. Pero mis sueños no se habían realizado.
Aunque sentía marcada inclinación por los placeres espirituales
-principalmente por los que nos procuran las letras-, no sabía hasta qué
punto el trabajo intclectual concordaría con mis aptitudes. En el Liceo
manifesté una aversión tal a la lengua griega que me echaron sin aprobar
el cuarto año. Luego estudié en casa mucho tiempo con profesores
particulares, para poder examinarme y pasar al quinto año; después
desempeñé todos los empleos de que he hablado, me dediqué a perder el
tiempo en una porción de oficinas, lo cual me aseguraban que era trabajo
intelectual. Mi servicio en tales oficinas no exigía de mí ni esfuerzos de
ingenio, ni talento, ni capacidad personal, ni inspiración. Mi trabajo no
difería en nada del de una máquina, y era, en mi sentir, más despreciable
que cualquier trabajo físico. Me parecía imperdonable la vida ociosa,
inútil, de la mayoría de los pretendidos trabajadores intelectuales,
verdadera vida de parásitos. Quizás me equivocase. Quizás no tuviese yo
idea de lo que es el auténtico trabajo intelectual.
. . . . . . . . . .
Empezó a anochecer.
Nuestra casa se hallaba en la calle de la Nobleza, por la que, a falta
de un buen jardín público, se paseaba todas las tardes la gente
distinguida de la ciudad.
La calle era encantadora y podía, hasta cierto punto, reemplazar a un
jardín: la bordeaban dos hileras de acacias que exhalaban en el buen
tiempo un olor delicioso, sobre todo después de la lluvia. Por encima de
las tapias de los jardincillos domésticos asomaban sus ramas las lilas,
las acacias, los manzanos.
Estábamos en el mes de mayo. A pesar de que no eran nuevas para mi
aquellas tardes primaverales con sus suaves penumbras, con sus tiernos
verdores, con sus delicadas fragancias, con su dulce rumor de insectos,
con su tibia temperatura, todo eso aquel día me impresionaba más que de
costumbre y ponía en mi alma una languidez singular.
Me hallaba en el portal de casa y contemplaba a los paseantes. Conocía
a la mayor parte desde mi niñez, y no pocos de ellos habían jugado
conmigo. A la sazón, mi compañía, si me hubiera acercado a ellos, los
habría enojado, pues yo iba vestido pobremente y nada a la moda; llevaba
unos pantalones muy estrechos y unas botas muy grandes, que parecían
barcos. Además, mi reputación en la ciudad dejaba mucho que desear. Yo era
un hombre, que no se había conquistado una posición, que jugaba al billar
en cafetines de mala nota y que había sido dos veces -no sé el motivo a
ciencia cierta- conducido a la gendarmería.
En el caserón frontero a casa, perteneciente al ingeniero Dolchikov,
alguien tocaba el piano.
La obscuridad se fue adensando y aparecieron en el cielo las primeras
estrellas.
Andando lentamente y saludando a los paseantes, pasó mi padre, con su
viejo sombrero de copa, del brazo de mi hermana.
-¡Mira! -1e decía, señalando al cielo con el paraguas con que me había
pegado horas antes-. ¡Mira el cielo! Todas las estrellas que ves, hasta
las más pequeñas, son mundos. El hombre, comparado con la inmensidad del
Universo, es como un granito de arena.
Afirmaba esto con el tono de quien está muy orgulloso y muy contento de
ser tan poca cosa.
¡Qué corto de alcances es! No tiene talento ninguno. Desde hace muchos
años no hay otro arquitecto en la ciudad, en la que no se ha construido en
todo ese tiempo una casa de regulares condiciones estéticas y prácticas.
El buen señor se guía por métodos de construcción horriblemente
rutinarios. Cuando se le encarga una casa, lo primero que dibuja en el
plano es el salón.
Luego añade el comedor, el cuarto de los niños, el gabinete, las
alcobas, y pone en comunicación unas con otras por medio de puertas todas
estas habitaciones, de modo que para llegar a la última es preciso pasar
por cada una de las anteriores y nadie puede disponer enteramente de
ninguna.
Se advierte que conforme va componiendo el plano se le van ocurriendo
ideas incoherentes, estrechas, mezquinas, limitadas, y que conforme va
dándose cuenta de sus olvidos va añadiendo detalles.
La cocina la coloca siempre en el sótano, con una bóveda de piedra y un
suelo de ladrillos. La fachada siempre es sombría, seca, triste, de líneas
severas, baja, como aplastada; las chimeneas, anchas y feas, están
cubiertas por unas caperuzas de alambre.
No sé por qué, todas las casas construidas por mi padre me recuerdan de
un modo vago su sombrero de copa y su nuca.
Poco a poco los habitantes de la ciudad se fueron acostumbrando a su
estilo arquitectónico, que llegó a tener un valor local.
Ese mismo estilo lo llevó a mi vida y a la de mi hermana. A mí me puso
el nombre bíblico de Misail y a mi hermana el histórico de Cleopatra.
Cuando era pequeña, le hablaba de las estrellas, de los sabios de la
antigüedad, de nuestros abuelos, que debían servirnos de ejemplo. A la
sazón tenía ya veintiséis años y seguía hablándole de las mismas cosas.
Evitaba con sumo cuidado el que se tratase con mozos. No le permitía
pasear en otra compañía que la suya. Estaba seguro de que el día menos
pensado se presentaría un joven distinguido y de excelente educación, que
la pediría por esposa. Y mi pobre hermana le adoraba, le temía y le
consideraba el más inteligente de los hombres.
. . . . . . . . . .
Cerró la noche por completo y no tardó la calle,en quedarse desierta.
En casa del ingeniero Dolchikov cesaron de tocar el piano. La puerta
cochera se abrió poco después, y un coche arrastrado por tres magníficos
caballos salió, con un alegre ruido de cascabeles: el ingeniero y su hija
se dirigían a las afueras de la ciudad a dar un paseo nocturno.
Era hora de acostarse.
Yo tenía en la casa una habitación; pero habitaba en un cuartito que
había en el patio, en un cobertizo de ladrillos. Aquel cuartito había sido
construido no se sabe para qué; probablemente para guardar los trastos
viejos. Hacía treinta años que mi padre depositaba allí la colección de su
periódico, cuyos números hacía empaquetar cada seis meses y guardaba
celosamente, como algo precioso.
Yo le había tomado cariño a aquel cuartito abandonado: en él vivía sin
que nadie me molestase, y veía lo menos posible a mi padre y a sus
visitas. Además, se me antojaba que no habitando en la misma casa, y no
yendo todos los días a comer, mi padre no podría echarme tanto en cara el
vivir a su costa.
Mi hermana me atendía en mi apartamiento. A hurto de mi padre me llevó
la cena: un trocito de vaca fiambre y un pedazo de pan. En casa se gastaba
poco; mi padre siempre estaba hablando de la necesidad de limitar los
gastos todo lo posible.
-Hay que calcular siempre -decía-. Al dinero le gusta ser contado y
recontado.
Mi hermana, guiándose por estas máximas triviales y enojosas, procuraba
economizar cuanto le era dable, y en casa se comía muy mal.
Puso sobre la mesa el plato con la cena, se sentó en mi cama y empezó a
llorar.
-¡Misail! -dijo-, ¿qué has hecho?
Se pintaba en su rostro gran desconsuelo. Le caían las lágrimas sobre
el pecho y en las manos. Apoyó la cabeza en la almohada y prorrumpió en
sollozos, presa de un gran temblor.
-¿Has abandonado de nuevo tu empleo? -prosiguió-. ¡Es terrible!
Sus lágrimas me desesperaban, y yo no sabía qué hacer para consolarla.
El quinqué, en el que se había acabado el petróleo, estaba a punto de
apagarse. Sombras fantásticas llenaban mi pobre habitación.
-¡Ten piedad de nosotras! -me rogó mí hermana, levantándose-. ¡Papá
sufre tanto por tu culpa! ¡Y yo estoy enferma, no puedo más, me vuelvo
loca!
Tendiéndome las manos, me imploró:
-¡Vuelve a la oficina! ¡Hazlo en memoria de nuestra pobre madre!
-No puedo, Cleopatra -contesté, sintiendo que mis energías flaqueaban,
y casi a punto de ceder-. ¡No puedo!
-Pero ¿por qué? Si no quieres volver a la misma oficina, a causa de tu
disgusto con el jefe, puedes buscarte otra colocación. ¿Por qué no te
colocas en las oficinas de ferrocarriles? He hablado esta tarde con Ana
Blagovo, y me ha asegurado que puedes encontrar en ellas un empleo, para
lo que se halla dispuesta a ayudarte. ¡Por Dios, Misail, recapacita y haz
lo que te pedimos!
Nuestra conversación se prolongó aún un poco, y acabé por capitular.
-Nunca -dije- se me había ocurrido ingresar en esas oficinas. Probaré.
Se trataba de una vía férrea en construcción en las cercanías de la
ciudad.
Mi hermana se sonrió con alegría al través de sus lágrimas, y me apretó
la mano. El quinqué se apagó del todo y me dirigí a la cocina en busca de
petróleo.
- II -
Como no había teatro en la ciudad, solían organizarse funciones de
aficionados, conciertos, cuadros vivos, a beneficio, naturalmente, de los
pobres.
Entre los aficionados se distiguía la familia Achoguin, que tenía, como
nosotros, su morada en la calle de la Nobleza. Casi siempre los
espectáculos se celebraban en aquel amplio caserón. Los Achoguin pagaban
todos los gastos y desplegaban gran actividad en los preparativos.
Era una familia de ricos terratenientes. Poseía en el distrito más de
tres mil hectáreas de tierra y una hermosa casa de campo. Pero poco amiga
de la vida campestre, se pasaba todo el año en la ciudad.
La constituían la madre, una señora alta, delgada, pelicorta, que solía
llevar, a la usanza inglesa, una falda lisa y una chaqueta hechura sastre,
y tres hijas. Al hablar de ellas no se las designaba por sus nombres de
pila, sino que se decía sencillamente: la mayor, la de en medio y la
pequeña. Las tres eran feas, de barbilla aguda, cortas de vista y tenían
los ojos oblicuos. Vestían como su mamá. Su voz desagradable, opaca, no
les impedía tomar parte en los espectáculos. Casi siempre estaban ocupadas
en preparativos de conciertos, representaciones teatrales, charadas.
Declamaban, recitaban, cantaban. Las tres eran muy graves y no se sonreían
nunca; hasta el teatro cómico lo interpretaban de un modo tan serio, si se
les asignaban papeles en él, que parecían, más que intérpretes de una
farsa regocijada, tenedores de libros.
A mí me divertían las funciones de aficionados, sobre todo los ensayos,
en los que reinaba un gran desorden y solía armarse una algarabía
infernal, y al final de los cuales se nos convidaba siempre a cenar. Yo no
tomaba parte alguna en la elección de obras ni en el reparto de papeles.
Mi trabajo consistía en copiarlos, pintar las decoraciones, apuntar,
imitar entre bastidores el ruido del trueno, el canto del ruiseñor, etc.
Como iba mal vestido y carecía de una posición social honorable, me
mantenía durante los ensayos un poco a distancia de la gente, a la sombra
de los bastidores y no despegaba los labios.
Pintaba las decoraciones en el patio de casa de los Achoguin y me
ayudaba en tal tarea un pintor decorador, o, como se denominaba él mismo,
un «contratista de obras pictóricas», llamado Andrés Ivanovich. Era un
hombre de unos cincuenta años, de elevada estatura, muy delgado y muy
pálido, con la faz rugosa y unas grandes ojeras azules. Su aspecto
enfermizo me asustaba un poco. Padecía no sé qué dolencia incurable. Con
frecuencia se ponía a morir, pero guardaba cama unos días y se levantaba
de nuevo, asombrado él mismo de seguir aún con vida.
-¡A pesar de todo no me he muerto! -decía.
En la ciudad le conocían, más que por Ivanov. por Nabó, no sé con qué
motivo. Como a mí, le gustaba mucho el teatro. En cuanto sabía que se
preparaba alguna función, dejaba todos sus trabajos y acudía a casa de
Achoguin, a pintar las decoraciones.
El día siguiente a mi conversación con mi hermana trabajé en casa de
Achoguin desde por la mañana hasta el anochecer.
La hora fijada para el comienzo del ensayo era las siete de la tarde. A
las seis ya habían llegado cuantos habían de tomar parte en la función.
Las tres muchachas -la mayor, la de en medio y la pequeña- se paseaban por
el escenario, cuaderno en mano, recitando sus papeles. Nabó, con un largo
gabán rojo y una ancha bufanda, miraba, de pie junto a la puerta, al
escenario, como mira, en un templo, el altar un creyente devoto. La señora
Achoguin se acercaba ya a uno, ya a otro de los concurrentes y le decía a
cada cual una cosa agradable. Tenía la costumbre de mirar fijamente a sus
interlocutores y hablarles en voz baja, como si estuviera conversando de
un modo muy confidencial.
-Debe de ser dificilísirno el pintar las decoraciones -me dijo quedito,
acercándose a mí-. He estado hablando con la señora Mufke de las
supersticiones arraigadas en nuestra sociedad. ¡Es terrible! No sabe usted
lo que yo he luchado contra ellas. Para que la servidumbre se dé cuenta de
lo ridículas que son, mando encender todas las noches tres bujías en mi
habitación y procuro hacer en día 13 las cosas importantes. La pobre gente
está segura de que tres bujías y la fecha 13 traen desgracia...
En aquel momento entró la hija del ingeniero Dolchikov, una rubia muy
bella, vestida, como se decía entre nosotros, lo mismo que una parisién.
Nunca tomaba parte en las representaciones; pero en los ensayos se ponía
siempre en el escenario una silla para ella y no empezaba la función
mientras ella no llegaba, radiante, elegantísima, y no se sentaba en un
sillón de primera fila.
Se la respetaba mucho, como a una persona que había vivido largo tiempo
en la capital. Sólo ella podía permitirse, durante los ensayos, hacer
observaciones críticas. Las hacía con una sonrisa de condescendencia y se
advertía que consideraba el espectáculo un juego inocente de niños.
Se decía que había estudiado canto en el Conservatorio de Petrogrado y
hasta que me gustaba mucho, y mis ojos solían no apartarse de ella en todo
el ensayo.
Inesperadamente se presentó mi hermana en el escenario, puesto el
sombrero y el abrigo, y acercándose a mí me dijo:
-¡Ven!
La seguí. Detrás del escenario se hallaba Ana Blagovo, también
ensombrerada.
Era la hija del vicepresidente de la Audiencia, que residía en la
ciudad desde hacía un sinfín de años, casi desde el día en que la
Audiencia se creó. Como era de elevada estatura y muy bien formada, se la
invitaba siempre a tornar parte en los cuadros vivos. Cuando aparecía en
ellos vestida de hada o haciendo de estatua de la Gloria, parecía turbada
en extremo y se ponía colorada hasta la raíz de los cabellos. En las
funciones de teatro nunca tomaba parte, y rara vez asistía a los ensayos,
en los que, además, no salía de entre bastidores.
Aquel día sólo estuvo unos momentos y ni siquiera entró en la sala.
-Mi padre -me dijo secamente, sin mirarme y ruborizándose- le ha
recomendado a usted. El señor Dolchikov le ha prometido darle a usted un
empleo en el ferrocarril. Vaya usted a verle mañana. Estará en casa.
Yo la saludé y le di las gracias.
-En cuanto a eso -añadió, señalando al cuaderno de los papeles que yo
llevaba en la mano-, lo mejor sería que dejase usted de emplear tiempo en
ello.
Luego, ella y mi hermana se acercaron a la señora Achoguin, con la que
hablaron en voz baja durante dos minutos, dirigiéndome frecuentes miradas.
Parecían deliberar.
-Si le reclaman a usted -me dijo la señora Achoguin, acercándose a mí y
mirándome con fijeza- ocupaciones más serias, puede entregar ese cuaderno
a otra persona. ¡Deje usted eso, amigo mío, y vaya a sus quehaceres!
Saludé y me fui muy turbado.
Apenas hube yo salido, vi salir a mi hermana y a la señorita Blagovo.
Iban hablando con gran calor, probablemente de mí y de mi posible
regeneración, y caminaban muy de prisa. Se veía que a mi hermana, que
nunca asistía a los ensayos, le remordía la conciencia el haberse estado,
en casa de Achaguin, y tenía miedo de que mi padre se enterase.
Al día siguiente, a cosa de la una de la tarde, me presenté en casa del
ingeniero Dolchikov.
Me acompañó un criado a un hermoso aposento, que era al mismo tiempo el
salón y el cuarto de trabajo del ingeniero. Todo era allí agradable,
elegante y producía una impresión extraña en quien, como yo, no estaba
acostumbrado a ver un lujo parecido. Ricos tapices, amplios sillones,
cuadros con marcos de terciopelo, bronces. Se veían en las paredes
retratos de bellas mujeres de rostro inteligente, en actitudes descocadas.
Una puerta de cristales ponía la estancia en comunicación con una gran
terraza cuyas escalinatas bajaban a un ameno jardín. En la terraza se veía
una mesa servida para el almuerzo adornada con profusión de rosas y lilas
y bien provista de botellas.
Flotaba en el aire el aroma de un cigarro habano. Sonreían allí el sol,
la prirnavera y la felicidad. Se advertía que en aquella casa moraban el
contento, la satisfacción, la ventura.
Ante la mesa de despacho estaba sentada, leyendo un periódico, la hija
del ingeniero.
-¿Quiere usted ver a mi padre? -me preguntó-. Está bañándose y no
tardará en salir. Tenga la bondad de sentarse.
Me senté.
-Usted vive en la casa de enfrente, ¿verdad? -me dijo, tras un corto
silencio.
-Sí.
-Algunas veces me distraigo mirando por la ventana -continuó, sin
apartar la vista del periódico- y los veo a usted y a su hermana. Su
hermana de usted tiene una cara muy simpática, una cara leal y seria.
En aquel momento entró Dolchikov frotándose el cuello con una toalla.
-Papá, el señor Poloznev te espera hace un ratito.
-Sí; Blagovo me ha hablado de él -contestó el ingeniero, volviéndose a
mí sin tenderme la mano-. Pero no puedo ofrecerle nada. No tengo plazas.
Se detuvo frente a mí y me dijo, con un tono tan poco amable que
parecía reñirme:
-¡Son ustedes una gente extraña, señores! Todos los días vienen una
porción de caballeros a pedirme empleos, como si yo fuera un ministro. Yo,
señores, no dispongo de empleos para intelectuales, es decir, para
personas que sólo saben emborronar papel. En la vía férrea que estoy
construyendo lo que necesito son mecánicos, cerrajeros, ingenieros,
carpinteros, no escritores. ¡Conmigo hay que trabajar duramente y no
burocratear! ¿Estamos?.
Su persona producía la misma impresión de felicidad, de bienestar, que
todo cuanto le rodeaba. Grueso, vigoroso, de carrillos rojos, de pecho
ancho, limpia y fresca la piel recién enjugada, vestido con una ancha
blusa de seda y unos holgados pantalones, parecía un cochero de opereta.
Tenía los ojos claros e inocentes, la nariz aguileña, ni un solo cabello
blanqueaba en su perillita redonda.
-¿Qué saben ustedes hacer? -prosiguió-. ¡No saben ustedes hacer nada
los intelectuales! Yo, sin ir más lejos, soy ahora ingeniero, gozo de
buena posición; pero antes de llegar a esto he pasado por todas las
miserias, he trabajado como simple maquinista, he sido dos años, en
Bélgica, fogonero de locomotora. ¿Usted para qué sirve, para qué trabajo
se considera útil?
-Sí; tiene usted razón -repuse, muy turbado ante la mirada severa de
sus ojos claros e inocentes.
-Al menos, ¿sabe usted manejar el aparato telegráfico? -me preguntó,
tras una corta reflexión.
-Sí; he estado empleado en Telégrafos.
-Bueno... Ya veremos. Por de pronto puede usted salir para Dubechnia.
Allí tengo ya un empleado; pero no vale nada.
-¿En qué consistirá mi trabajo?
-Ya decidiremos. Váyase. Daré órdenes. Pero se lo prevengo: no se me
emborrache y no me moleste con peticiones; pues de lo contrario le
despediré.
Y se sentó en una butaca sin hacerme siquiera una inclinación de
cabeza. La conversación había terminado. Saludé al ingeniero y a su hija y
me fuí.
La impresión que me produjo tal entrevista no pudo ser más deprimente.
Cuando llegué a casa y mi hermana me preguntó cómo me había recibido el
señor Dolchikov, no tuve alientos para pronunciar ni una palabra: tan
abatido estaba.
Al día siguiente me levanté antes de salir el sol para irme a
Dubechnia. Nuestra calle estaba completamente desierta. Todo el mundo
dormía aún, y mis pasos resonaban ruidosos y aislados en el silencio
matutino. Las acacias, cubiertas de rocío, impregnaban el aire de una
deliciosa fragancia.
Yo estaba triste y sentía en el alma tener que dejar la ciudad. La
amaba mucho y me parecía bella y cómoda. Me placían el verdor de sus
calles, sus dulces mañanas soleadas, el campaneo de sus iglesias. Sólo la
gente que vivía en ella me era extraña, desagradable, odiosa a veces. Ni
la amaba ni la comprendía.
No acertaba a explicarme por qué y cómo vivían aquellos sesenta y cinco
mil habitantes. Sabía que Tula fabrica samovares y fusiles, que Moscú es
un centro importante de producción, que Odesa es un gran puerto de mar;
pero ignoraba el papel de nuestra ciudad en el mundo y la razón de su
existencia.
Los vecinos de la calle de la Nobleza y de dos o tres calles más vivían
de sus rentas y de los sueldos que cobraban como empleados del Estado;
pero los de las otras calles que se extendían paralela y
perpendicularmente en un área de tres kilómetros ¿de qué diablos
vivían?... Esto era para mí un enigma. Vivían, eso sí, de una manera
repugnante. No había en la ciudad ni un buen jardín público, ni un teatro,
ni siquiera una mediana orquesta. Aunque poseíamos dos bibliotecas -una
del Municipio y otra perteneciente al Casino-, no las solían visitar sino
jóvenes israelitas, y las revistas permanecían meses enteros sin abrir.
Gente rica, hasta intelectual, dormía en alcobas angostas, se acostaba en
camas de madera llenas de chinches; los cuartos de los niños eran
verdaderas pocilgas; la servidumbre dormía en la cocina, sin más lecho que
el suelo, y se abrigaba con harapos. La alimentación era mala,y poco
abundante en la mayoría de las casas.
En el Consejo Municipal, en el Gobierno, en el Palacio Episcopal se
hablaba sin cesar de la necesidad de dotar de aguas a la ciudad, donde las
que había eran escasas y malsanas; pero se tropezaba con la falta de
dinero. Sin embargo, había entre nosotros millonarios que perdían en una
sola noche miles de rublos en el juego y que también ellos bebían agua
insalubre, sin ocurrírseles siquiera hacer un pequeño sacrificio
pecuniario en beneficio de la población.
Yo no podía concebirlo: estando en su mano favorecer la ciudad con
notables mejoras, ponían el grito en el cielo porque el Gobierno le negaba
un crédito al Ayuntamiento.
Entre todos los vecinos que yo conocía no había un hombre honrado. Mi
padre recibía subvenciones, y se figuraba que se las daban por su bella
cara; los estudiantes, para que los profesores no los tratasen con
demasiada severidad en los exámenes, solicitaban de ellos clases
particulares, que les pagaban carísimas; la señora del gobernador militar
recibía fuertes sumas por que su marido librase a los mozos del servicio,
y además se hacía llevar los mejores vinos y tomaba unas borracheras
escandalosas; los médicos aprovechaban cuantas ocasiones se les ofrecían
de medrar a costa del pueblo, y el del Municipio, por ejemplo, recibía
regalos de casi todos los carniceros cuyos establecimientos estaba
obligado a inspeccionar. En todas partes se consideraba al solicitante un
ser cuya misión era la de pagar, y en el Ayuntamiento, en las escuelas, en
las oficinas se le engañaba, se le vendían certificados falsos, se hacía
todo lo posible por sacarle los cuartos.
Y la pobre gente sabía muy bien que sin una gratificación no se podía
conseguir nada, y pagaba a los empleados su tributo de cientos de rublos,
y a veces hasta de treinta o cuarenta «copecks».
Los que no tomaban gratificaciones -por ejemplo, los jueces o el
fiscal-, eran altivos, fríos, de ideas estrechas; trataban a la gente con
desdén; jugaban, bebían; sólo se casaban con muchachas ricas, y su influjo
en la sociedad no era nada beneficioso.
Únicamente las doncellas eran puras de alma. Casi todas tenían
aspiraciones nobles y un corazón limpio y entusiasta; pero no comprendían
la vida; su concepto del mundo pecaba de cándido; reputaban normal cuanto
pasaba en torno suyo. Luego, de casadas, envejecían de un modo prematuro y
se hundían en el cieno de una existencia gris, vulgar.
- III -
El camino de hierro en construcción cerca de la ciudad atraía gran
número de obreros. Las vísperas de fiesta se paseaban por las calles en
nutridos grupos, atemorizando a los indígenas. A veces, cometían robos.
Era frecuente verlos, con la cara cubierta de sangre, destocados, la blusa
hecha jirones, conducidos al puesto de policía por haber hurtado un
samovar o una pieza de ropa tendida.
Sus lugares predilectos eran los mercados y las tabernas. En la anchura
abierta a los cielos de las plazas públicas comían, bebían, gritaban,
juraban. En cuanto veían una mujer de conducta no muy austera la saludaban
con un coro de agudos silbidos.
Los lonjistas, para divertirlos, les daban «vodka» a los gatos y a los
perros, o ataban a la cola de un can una lata vacía y asustaban con
grandes gritos al pobre animal, que, aterrorizado, corría que se las
pelaba, chillando y moviendo con la lata un infernal estrépito, en la
creencia, sin duda, de que le perseguía un rnonstruo, y no paraba hasta
las afueras, adonde llegaba sin aliento. No pocas veces la cerril
diversión acababa volviéndose el can loco.
La estación se había emplazado a cinco verstas de la ciudad. Se decía
que los ingenieros le habían pedido al Ayuntamiento cincuenta mil rublos
para hacer pasar el camino de hierro por la ciudad, y que el Ayuntamiento
no había querido dar más que cuarenta mil, lo que había sido causa de que
las negociaciones fracasaran y la línea se construyese a gran distancia de
la población. Luego, el Ayuntamiento lamentó no haber aceptado las
proposiciones de los ingenieros; pues se vio obligado a hacer un camino
hasta la estación, lo cual era mucha más caro.
La línea estaba ya casi terminada; los rieles y las traviesas
colocados. Pequeños trenes cargados de materiales de construcción y de
obreros circulaban ya. Sólo faltaban los puentes, de cuya construcción
estaba encargado el ingeniero Dolchikov. Muchas estaciones también estaban
edificándose aún.
La de Dubechnia era la más próxima a la ciudad, de la que distaba diez
y siete verstas.
Yo avanzaba sin apresurarme. Los campos verdeaban a uno y otro lado del
camino. Todo estaba inundado de sal. El paisaje era agradable, pintoresco.
A lo lejos se divisaban la estación, algunas colinas, unas cuantas casas
de campo.
Yo respiraba a pleno pulmón y me sentía feliz. Procuraba no pensar en
nada, para saborear más por entero aquellas horas de libertad. Desechaba
todo pensamiento relacionado con mi padre, con el ingeniero Dolchikov, con
el empleo que me esperaba en Dubechnia. ¡Ah, si fuera posible no estar
sujeto al hambre! Entonces podría uno ser libre como un pájaro. El hambre
era mi más terrible enemigo. Cuando tenía hambre, el deseo impetuoso de
llenar la barriga turbaba mis mejores pensamientos.
Aquella mañana, por ejemplo, todo era en torno mío bello,
resplandeciente; estaba yo solo en mitad de los campos sin límites, miraba
cernirse en el aire una alondra canora... y pensaba: «¡Con qué gusto me
comería un pedazo de pan con manteca!»
Sentado un instante a la orilla del camino, quería entregarme de lleno
al deleite de aspirar la fresca brisa matinal, y -¡ay!- de pronto se me
venía a la imaginación el olor delicioso de las patatas fritas.
Era robusto, corpulento, y tenía un apetito de lobo; pero rara vez
podía satisfacerlo, y casi siempre estaba hambriento. Quizá debido a eso
no ha extrañado nunca que la gente del pueblo hable de comer casi
constantemente y sólo piense en el pan cotidiano. El hambre es el motor
principal de la actividad humana.
. . . . . . . . . .
En Dubechnia estaba terminándose la edificación de la estación. Ya
había comenzado a alzarse el piso superior. En el inferior trabajaban los
pintores.
Hacía un calor horrible. Los obreros trabajaban sin energía enervados
por el ardor del sol. Algunos estaban sentados, dormitando, sobre montones
de ladrillos y piedras, y el sol les quemaba la cara.
Ni un árbol en una gran distancia. El hilo del telégrafo, sobre el que
reposaban algunos pajarillos, sonaba con un rumor monótono.
Empecé a vagar por entre los montones de materiales sin saber lo que
debía hacer. Recordaba que el señor Dolchikov, cuando le pregunté cuál era
mi obligación en Dubechnia, me había contestado: «Ya veremos.» Yo no veía
nada. ¿Que podía ver en aquel desierto, entre aquellos montones de
materiales en desorden?
Poco a poco la fatiga y el fastidio fueron adueñándose de mí. Las
piernas apenas me obedecían y sentía un deseo creciente de agazaparme en
un rincón.
Después de ir y venir durante dos horas por los alrededores de la
estación, paré mientras en una serie de postes telegráficos que se alejaba
y desaparecía, a unas dos verstas de distancia, tras una tapia blanca. Los
obreros me dijeron que allí estaban las oficinas, y caí al fin en la
cuenta de que allí era adonde debía dirigirme.
A los veinte minutos me hallaba a la puerta de las oficinas.
Estaban instaladas en una vieja casa de campo abandonada hacía mucho
tiempo. Las paredes estaban medio en ruinas, y el tejado, cubierto de orín
y lleno de remiendos. En torno del edificio se extendía un gran patio que
parecía, una pradera pues verdeaba la hierba en él por todas partes. A
derecha e izquierda veíanse dos pabelloncitos parejos en tamaño y
construcción. En uno de ellos, las ventanas estaban cubiertas con tablas,
y diríanse unos ojos ciegos. Junto al otro, cuyas ventanas se hallaban
abiertas, había ropa secándose al sol, colgada de una cuerda, y se
paseaban unos ternerillos. El último poste telegráfico se alzaba dentro
del patio, y el hilo penetraba, por una ventana, en uno de los pabellones.
La puerta estaba abierta, y entré. Ante una mesa sobre la que había un
aparato de telegrafía estaba sentado un señor de cabello obscuro y rizoso,
con una larga blusa blanca.
Levantó la cabeza y me miró severamente; pero en seguida una sonrisa
iluminó su rostro.
-¡Calla! ¿Eres tú, Poloznev?
Yo también le reconocí al punto. Era Iván Cheprakov, un compañero de
Liceo. Le habían expulsado, cuando cursaba segundo año, porque le
sorprendieron fumando.
No olvidaré nunca mis excursiones cinegéticas en su compañía. Cazábamos
pájaros y luego los vendíamos en el mercado. Acechábamos horas enteras, en
otoño, las bandadas que huyendo del filo emigraban a países más cálidos, y
hacíamos en ellas estragos valiéndonos de pequeños cartuchos. Muchos de
los pobres pájaros heridos morían entre nuestras manos; otros curaban y
los vendíamos, haciéndolos pasar por machos aunque no lo fuesen.
Cheprakov era de constitución débil; tenía el pecho angosto, la espalda
encorvada, las piernas largas. Vestía con un gran descuido. Llevaba la
sucia y estrecha corbata mal anudada; no usaba chaleco; sus botas
sobrepujaban en vejez a las mías. Sus movimientos eran bruscos, nerviosos:
se estremecía a cada instante como si siempre se encontrase bajo el
imperio del miedo. Hablaba de un modo incoherente y se inverrumpía con
frecuencia.
-Oye... ¿Qué iba yo a decirte?... No me acuerdo...
Despaciosamente me puso en autos de todo lo relativo a Dubechnia. Me
contó que la finca donde me hallaba, a la sazón pertenecía a sus padres, y
que el otoño anterior había sido adquirida por el ingeniero Dolchikov, el
cual opinaba que era mucho más ventajoso poseer tierras que guardar el
dinero en el Banco, y había ya comprado en nuestra región tres grandes
fincas. La madre de Cheprakov -su padre había muerto hacía mucho tiempo-
no había consentido en vender Dubechnia sino con la condición de poder
habitar durante dos años después de la venta en uno de los pabellones.
Además, Dolchikov le había dado una colocación a mi amigo en la oficina.
-Ha hecho un magnífico negocio comprando Dubechnia -dijo Cheprakov- Es
un cuco. Sabe sacar provecho de todo.
Luego me llevó a su pabellón a almorzar.
-Vivirás conmigo en mi pabellón -decidió de pronto-. Comerás con
nosotros. Aunque mi madre es avara, no te hará pagar demasiado.
Las habitaciones que habitaba su madre eran muy reducidas. Estaban
atestadas de muebles que se habían transportado allí de la casa grande
después de la venta de la finca. Hasta en el vestíbulo y en el pasillo
había numerosas mesas, sofás y butacas. El mobiliario era viejo, de caoba.
La señora Cheprakov, una dama corpulenta y anciana, hallábase sentada
en un gran sillón, junto a la ventana, y hacía calceta. Me recibió con un
empaque presuntuoso.
-Te presento, mamá, a mi amigo Poloznev -le dijo su hijo-, que va a ser
empleado aquí.
-¿Es usted noble? -me preguntó ella.
Sí -repuse.
-Tenga la bondad de sentarse.
El almuerzo dejó mucho que desear. Se compuso de un pastel de queso
amargo y una sopa en leche.
La señora Cheprakov guiñaba de vez en cuando, ora un ojo, ora otro.
Eran movimientos involuntarios y morbosos. Había un no sé qué en toda ella
que anunciaba una muerte próxima. Hasta se me antojaba que olía a cadáver.
La vida estaba casi apagada en aquella mujer, en la que lo único que
sobrevivía era la idea de su nobleza, de los muchos siervos que tuvo en
otro tiempo, de su calidad de viuda de un general y de su derecho, por
tanto, a ser tratada de excelencia. Cuando se acordaba de todo eso, su
cuerpo semimuerto se animaba un poco, y le decía a su hijo:
-Juan, ¿has olvidado cómo se coge el cuchillo?
A mí me hablaba con un acento afectado de gran señora.
-Sabrá usted por Juan que hemos vendido la finca. Es sensible, pues le
teníamos mucho cariño. Pero Dolchikov ha prometido nombrar a mi hijo jefe
de la estación, y seguiremos viviendo aquí... El señor Dolchikov es muy
bueno. Y guapo, ¿verdad?
Hasta no mucho tiempo antes, la familia Cheprakov había sido muy rica;
pero después de la muerte del general había poco a poco venido a menos. La
señora Cheprakov empezó a armar pleitos con sus vecinos, a querellarse por
cualquier motivo ante los tribunales, a reñir con los proveedores y los
obreros, a quienes no quería pagar. Siempre desconfiada, sospechando
siempre que intentaban robarle, su estúpida administración dio al cabo al
traste con su fortuna. A los pocos años de la muerte del general,
Dubechnia se hallaba en un estado desastroso y no parecía la misma finca.
Tras la casa grande había un viejo jardín descuidado, abandonado,
cubierto de una vegetación salvaje.
Subí a la terraza, todavía muy hermosa y bien conservada. A través de
una puerta vidriera vi una vasta estancia -el salón, a lo que induje- en
la que había un piano antiguo y grandes lienzos patinosos con marcos de
caoba, restos de lujos pretéritos.
En el jardín, al otro lado de la terraza y no lejos de ella, veíanse
algunos cuadros de amapolas y de claveles medio secos, y numerosos
abedules y unos jóvenes, que solían crecer demasiado cerca unos de otros y
se quitaban espacio mutuamente.
Más allá no había otros árboles que algunos cerezos, manzanos y
perales, dispersos entre la hierba que hacían del jardín un prado, y tan
altos y copudos que no era empresa fácil reconocer a primera vista su
especie.
Se advertía que nadie cuidaba del parque, cuyas plantas estaban
enfermas, roídas por los gusanos, mutiladas. La parte donde se hallaban
los cerezos, los manzanos y los perales la tenían alquilada unos fruteros
de la ciudad y la guardaba un campesino medio imbécil que habitaba allí
mismo, en una barraca.
El jardín descendía por aquella parte hasta el río y lo limitaba una
línea de sauces y cañas. En la ribera había un viejo molino, con tejado de
paja, que producía un ruido ensordecedor como si le poseyese una gran
cólera. Junto al molino, el agua era profunda e inquieta y abundaba la
pesca.
En la ribera opuesta agrupábase el caserío de la aldehuela de
Dubechnia.
Era un lugar poético y pintoresco. A la sazón pertenecía todo aquello
al ingeniero Dolchikov.
. . . . . . . . . .
Comencé mi nuevo servicio.
Sentado ante el aparato telegráfico, descifraba numerosos despachos que
transmitía a las estaciones próximas; copiaba gran cantidad de informes
que se nos dirigían, redactados en un estilo terrible, por empleados que
apenas sabían escribir.
Pero la mayor parte del tiempo no tenía nada que hacer y me paseaba a
lo largo de la habitación, en espera de telegramas. A veces dejaba en mi
puesto a un muchacho para vigilar el aparato y me iba a vagar por el
jardín mientras que mi sustituto no me anunciaba la llegada de un
despacho.
Comía en casa de la señora Cheprakov, cuya mesa era bastante mala. Sólo
muy raras veces se servía carne: casi todos los componentes del «menú»,se
reducían a queso y sopa en leche. Los miércoles y viernes -días de ayuno-
las comidas eran aún más parcas. La señora Cheprakov me miraba guiñando
morbosamente los ojos, y yo no me sentía a gusto en su compañía.
Como había tan poco trabajo en la oficina, Cheprakov no hacía nada en
absoluto. Empleaba el tiempo en dormir o se iba, escopeta en mano, a la
orilla del río a cazar gansos. Por la noche se emborrachaba en la aldea o
en la estación, donde se vendía «vodka» y volvía a casa tambaleándose, y
antes de acostarse se miraba largo rato al espejo, entablando coloquios
consigo mismo.
-Buenas noches, Iván Cheprakov -se decía- ¿Qué tal?
Cuando se emborrachaba se ponía muy pálido, se frotaba las manos y
lanzaba leves carcajadas. Algunas veces se quedaba en pelota y corría por
el jardín como Dios le echó al mundo. En más de una ocasión le vi cazar
moscas y le oí asegurar que estaban exquisitas.
-¡Están un poco agrias -añadía-, pero no importa!
- IV -
Un día, después de almorzar, entró en mi cuarto, jadeante, y me gritó:
-¡Ven en seguida! ¡Tu hermana está ahí!
Salí corriendo.
En efecto: ante la casa grande había parado un carruaje, junto al cual
se hallaban mi hermana, Ana Blagavo, y un señor con uniforme de oficial.
Cuando estuve cerca le reconocí: era el hermano de Ana Blagovo, un joven
médico militar.
-Hemos venido -me dijo- a merendar con usted. ¿Aprueba usted la idea?
Mi hermano y su amiga se advertía que deseaban preguntarme qué tal
estaba allí; pero me miraban sin hablarme. Yo también guardaba silencio.
Comprendieron que distaba mucho de ser feliz. Los ojos de mi hermana se
llenaron de lágrimas, y la señorita Blagovo se puso un poco colorada.
Nos dirigimos al jardín. El doctor marchaba delante, y decía a cada
momento con entusiasmo:
-¡Dios mío, qué atmósfera, qué deliciosa atmósfera! Se respira a pleno
pulmón...
Su aspecto era tan juvenil que se le podía tomar por un estudiante. Su
manera de hablar y de andar eran de estudiante también, y la mirada viva,
sencilla y franca de sus ojos grises no tenía nada que envidiarle a la de
un buen estudiante idealista. Junto a su hermana, alta y hermosa, parecía
débil y exiguo. Su perilla era poco poblada y su voz no muy varonil,
aunque agradable.
Estaba de médico en un regimiento, en una ciudad lejana, y había venido
a pasar las vacaciones en casa de su padre. Decía que para el otoño se
iría a Petersburgo a obtener el diploma de profesor.
Era ya padre de familia. Tenía mujer y tres hijos. Se había casado muy
joven, siendo aún estudiante de segundo año. Se decía en la ciudad que no
era feliz en su matrimonio y que vivía separado de su mujer.
-¿Qué hora es?.-preguntó con inquietud mi hermana-. Tenemos que volver
temprano. Papá me ha dicho que esté en casa a las seis.
-¡Dios mío, siempre su papá -suspiró el doctor.
Puse a hervir agua en el samovar. Tomamos el té sobre una alfombra que
extendí en el jardín, frente a la terraza. El doctor bebía de rodillas y
aseguraba encontrar en ello un hondo placer.
Luego, Cheprakov fue a buscar la llave de la casa grande, abrió la
puerta que daba a la terraza y entramos todos. Reinaban en el caserón las
sombras y el misterio; olía a setas, y nuestros pasos resonaban sordamente
como si bajo nuestros pies hubiese una profunda cueva.
El doctor se aproximó al piano y, sin sentarse, paseó los dedos por el
teclado. Le respondieron algunos sonidos débiles, tremantes, roncos, pero
todavía melodiosos. Luego tarareó una romanza e intentó tocar el
acompañamiento, lo que no consiguió, pues a veces oprimía en vano las
teclas: algunas notas estaban paralizadas.
Mi hermana le escuchaba cantar. Ya no se preocupaba de volver a casa
temprano. Conmovida, turbada, iba y venía por el salón y decía de cuando
en cuando:
-¡Qué contenta estoy, qué contenta!
Lo decía como con asombro, como si le pareciese inverosímil poder
también ella estar alegre. En efecto, era la primera vez en la vida que yo
la veía de aquel humor. Estaba hasta más bella.
En puridad -sobre todo de perfil-, no era bonita; su nariz y su boca le
daban una expresión un poco extraña, semejante a la de quien está
soplando; pero tenía unos hermosos ojos negros; en su faz, bondadosa y
triste, había una palidez delicada, exquísita; el verla hablar producía
una impresión muy grata; diríase que se embellecía cuando hablaba. Ambos
nos parecíamos a nuestra difunta madre: éramos fuertes, anchos de
espaldas, vigorosos; pero mi hermana hacía tiempo que estaba descolorida y
enfermiza tosía con frecuencia, y yo a veces sorprendía en sus ojos la
expresión de las gentes heridas de muerte que se esfuerzan en ocultar su
enfermedad.
En la alegría que manifestaba aquella tarde había algo de ingenuo, de
infantil. Se diría que en su alma había despertado de pronto el júbilo de
los primeros años de la niñez que había procurado ahogar una educación
severa. Me parecía asistir a la resurrección de tal contento y a su lucha
por romper las cadenas que hasta entonces lo habían sujetado. No había
visto nunca así a mí hermana. Pero cuando empezó a anochecer y el carruaje
estuvo dispuesto para retornar con mis visitantes a la ciudad, mi hermana
enmudeció de pronto y se puso muy triste. Ocupó su sitio en el coche con
el aire abatido de un reo al sentarse en el banquillo.
Se fueron y de nuevo tornó el silencio en torno mío.
Recordando que Ana Blagovo no me había dirigido en toda la tarde la
palabra, pensé: «¡Qué muchacha más extraña!»
Los días sucedíanse monótonos, iguales los unos a los otros. Yo me
aburría terriblemente. La ociosidad, unida a la ignorancia en que me
encontraba en lo tocante a mi situación, gravitaba pesadamente sobre mí.
Descontento de mí mismo, inerte, casi siempre con hambre, pues la
alimentación que me daba la señora Cheprakov era insuficiente, vagaba por
la finca esperando con ansia el momento propicio para irme de allí.
Una tarde, encontrándose en nuestro pabellón el pintor Nabó, llegó, de
un modo inesperado, el ingeniero Dolchikov. Venía tostado por el sol y
cubierto de polvo. El viaje hasta Dubechnia lo había hecho en una
locomotora, y desde la estación había venido a pie.
Mientras llegaba el coche que debía conducirle a la ciudad, pasó
revista a toda la finca, dando, a grandes voces, diferentes órdenes.
Después se sentó en nuestro pabellón y empezó a escribir cartas. Durante
ese tiempo llegaron algunos despachos dirigidos a él, a los que contestó
expidiendo él mismo sus respuestas. Nosotros permanecíamos en pie, en una
actitud respetuosa.
-¡Qué desorden, Dios mío, qué desorden! -dijo después de un corto
examen de los papeles que había sobre la mesa-. Dentro de dos semanas
transportaré la oficina a la estación, y, verdaderamente, no sé qué haré
de ustedes...
-Yo procuro hacer mi servicio lo mejor posible, excelencia -contestó
Cheprakov.
-No lo veo -replicó Dolchikov-. Lo único que les interesa a ustedes-
añadió mirándome a mí- es recibir dinero. Ponen ustedes todas sus
esperanzas en la protección y sólo piensan en hacer rápidamente carrera.
Pero a mí no me gusta eso. Yo nunca me he valido de la protección. Antes
de ser lo que ahora soy he sido, maquinista y trabajado rudamente en
Bélgica.
Luego se volvió a Nabó y le preguntó:
-¿Y tú qué hacías aquí? ¿Bebíais juntos «vodka»?
Su acento era desdeñosísimo: despreciaba a los pobres y los calificaba
de canallas, inútiles y borrachos. Con los pequeños empleados era cruel;
los condenaba a multas sin piedad alguna, y los despedía por un quítame
allá esas pajas. Por fin llegó el coche.
Antes de irse, el ingeniero nos amenazó con echarnos a las dos semanas,
nos dirigió unas cuantas palabras severas a cada uno y, sin decir siquiera
adiós, le gritó al cochero que arrease.
-Andrés Ivanovich -le dije a Nabó-, permítame trabajar con usted.
-¿Por qué no? ¡Vamos!
Y echamos a andar ambos en dirección a la ciudad.
Cuando la finca y la estación se quedaron atrás, le pregunté al pintor:
-Andrés Ivanovich, ¿a qué ha venido usted a Dubechnia?
-Negocios, muchacho. Algunos de mis obreros trabajan en el camino de
hierro. Además, tenía que pagarle a la generala Cheprakov los intereses.
El año pasado me prestó cincuenta rublos a condición de que le pagase un
rublo cada mes.
Se detuvo, me cogió un botón de la americana, me miró fijamente y
añadió con el tono solemne de un predicador:
-¿Quiere usted que le diga una cosa, querido? Un hombre sencillo o
avisado que se hace pagar intereses, aunque sean muy pequeños, es un
criminal. Un hombre así se encuentra a mil verstas de la verdad. ¿Tengo
razón o no la tengo?
¿Cómo iba yo a negarle que la tenía? Miraba su rostro enjuto, pálido,
enfermizo, y callaba.
-¡Cuánto pecado comete la gente! -exclamó, cerrando los ojos-. ¡Que
Dios la perdone! Todo somos pecadores...
- V -
Nabó carecía en absoluto de sentido práctico, y nunca sabía poner sus
propósitos de acuerdo con su posibilidad de cumplirlos. Aceptaba mucha más
trabajo del que le era dable ejecutar, y pasaba ratos muy malos; con
frecuencia no tenía bastante dinero para pagar a sus obreros, y muy a
menudo no sólo no ganaba nada para él, sino que perdía. Se encargaba de
cuantos trabajos se le proponía: pintaba paredes, ponía cristales en las
ventanas, construía tejados. Para un encargo sin importancia corría días
enteros a través de la ciudad, en busca de obreros.
Era un trabajador excelente, y ganaba, trabajando solo como un obrero,
hasta diez rublos diarios. Pero prefería ser contratista, lo que halagaba
su ambición, y con ese motivo luchaba siempre con innumerables
dificultades y vivía en la miseria.
Me pagaba, como a les demás obreros, de setenta «copecks» a un rublo
por día.
Cuando el tiempo era bueno y seco, nos dedicábamos a trabajos
exteriores, principalmente en los tejados. Debido a mi falta de costumbre,
me parecía que el cinc de éstos me quemaba los pies. Probé a trabajar con
botas; pero eso no me permitía andar bien, y no tardé en seguir trabajando
descalzo. En poco tiempo me acostumbré de tal manera que no sentía
molestia alguna.
En fin, yo estaba muy contento de mi nueva vida. Vivía entre gente que
consideraba el trabajo obligatorio, indispensable, y trabajaba como las
bestias de carga, con frecuencia sin darse cuenta de la significación
moral que el trabajo posee, y hasta sin llamarle trabajo.
Junto a esa gente yo mismo me iba tornando poco a poco en una bestia de
carga, cada día más penetrado de que el trabajo es una cosa obligatoria,
inevitable. Tal convicción me hacía la vida más sencilla y fácil y me
libraba, de cavilaciones.
Al principio todo era nuevo e interesante para mí como si acabase de
nacer. Podía darme el gusto de acostarme en tierra y de andar descalzo,
cosas con que gozaba mucho; podía mezclarme a una muchedumbre de gente
sencilla sin cohibirla y sin que se apartase ante mí; cuando veía en la
calle un caballo caído, podía acudir en ayuda del cochero, para que lo
levantase, sin temor de ensuciarme la ropa.
Pero lo que me regocijaba sobre todo era el vivir de mi propio trabajo
y no tener que vivir a expensas de otro.
La pintura de los tejados era un negocio muy ventajoso; se ganaba mucho
con ese trabajo desagradable y fastidioso. Mi nuevo amo, Nabó, trabajaba
él mismo con nosotros en los tejados. Con unos pantalones muy cortos que
dejaban al aire sus pantorrillas sucias de pintura, flaco como una
espátula, se paseaba por el tejado, brocha en mano, suspirando y
repitiendo:
-¡Pobres de nosotros los pecadores!
Andaba por el tejado con la misma facilidad que por un pavimento.
Cuando trabajaba en las cúpulas de las iglesias, a una gran altura, sólo
se valía de cuerdas, a las que se ataba. Viéndole trabajar a tan
desmesurada altura sin las precauciones necesarias, yo me atemorizaba en
extremo; pero él no tenía miedo ninguno, parecía estar completamente a
gusto y de cuando en cuando lanzaba, a voz en cuello, una de sus frases
favoritas:
-¡Pobres de nosotros los pecadores!
O bien:
-¡La mentira devora el alma como el orín devora el hierro!
Al volver a casa por la noche tras la jornada de trabajo, y pasar por
delante de las tiendas, oía con frecuencia chirigotas en boca de tenderos
y dependientes:
-¡Ahí tenéis a un caballero, a un noble descalzo!
Al principio eso me turbaba, me ofendía; pero poco a poco aprendí a
acoger con calma tales burlas. Y cosa extraña: quienes más
encarnizadamnente me hacían objeto de sus mofas eran aquellos que en otro
tiempo se habían visto obligados a trabajar de un modo rudo. Muchas veces,
cuando pasaba por delante del mercado me tiraban, como sin querer, agua, y
un día un tenderillo llegó a tirarme un palo a los pies. Un pescadero
anciano de luenga barba blanca me dijo una vez, mirándome con odio:
-¡No eres tú el digno de lástima, canalla, sino tu pobre padre!
Los amigos de casa, cuando me encontraban, no podían disimular su
azoramiento. Unos me miraban como a un extraño; otros me compadecían;
otros no sabían qué actitud adoptar ante mí.
Un día, en una callejuela que desembocaba en la calle de la Nobleza, me
topé con Ana Blagovo. Iba a mi trabajo y llevaba un saco de pintura y dos
largas brochas. Al reconocerme, la amiga de mi hermana se ruborizó:
-¡Le suplico a usted que no me salude en la calle! -me dijo con voz
alterada, dura y temblorosa, sin tenderme la mano.
En sus ojos brillaban las lágrimas.
-Si cree usted obrar bien, haga lo que quiera; pero... se lo ruego: no
vuelva a saludarme.
Naturalmente, no seguí viviendo en casa de mi padre; vivía en el
arrabal de la ciudad llamado «Makarija» en casa de mi anciana nodriza,
Karpovna, una vieja de muy buen corazón, pero de un carácter sombrío.
Siempre estaba hablando de presentimientos nefastos y de malos sueños;
hasta las abejas que entraban del jardín se le antojaban signo de
desgracias próximas a ocurrir.
El hecho de que yo me convirtiese en un simple obrero fue también para
ella un presagio siniestro.
-¡Eres un desgraciado! ¡Esto acabará mal! -repetía, balanceando
tristemente la cana cabeza-. Me da el corazón...
En su reducida casuca vivía también su hijo adoptivo, Prokofy, un
carnicero. Era un hombre casi gigantesco, de unos treinta años,
desgalichado, rojo, con unos bigotes que parecían de alambre. Cuando me
encontraba en el vestíbulo, se apartaba respetuosamente para dejarme paso,
y si estaba borracho me hacía un saludo militar llevándose la mano a la
gorra. Por las noches, cuando estaba cenando, yo le oía, al través del
tabique que separaba mi camaranchón de su cuarto, masticar y lanzar
ruidosos suspiros cada vez que bebía «vodka» como si bebiese veneno.
-¡Mamá!- le gritaba a la vieja Karpovna.
-¿Qué, hijo mío?- le preguntaba ella al carnicero, a quien quería con
locura.
-Oiga usted una cosa, mamá: como es usted tan buena conmigo, la
mantendré a usted mientras viva, y cuando se muera la haré enterrar a mis
expensas. ¡Palabra de honor!
Me levantaba todos los días antes de salir el sol y me acostaba
temprano. Las pintores de brocha gorda comemos mucho y dormimos
profundamente; pero, no sé por qué, padecemos, sobre todo de noche,
fuertes palpitaciones de corazón.
Con mis compañeros me hallaba en buenas relaciones. Se pasaban la vida
cambiando maldiciones terribles, como, por ejemplo: «¡Que se te salten los
ojos!» «¡Que te dé el cólera!'; pero, a la postre, se vivía en perfecta
camaradería. Los obreros me consideraban una especie de sectario
religioso; de otro modo, no se explicaban que un caballero, hijo de un
arquitecto, se hubiera convertido, por su propia voluntad, en un simple
trabajador. Me gastaban frecuentes bromas; pero yo no me ofendía. Casi
todos carecían de sentimientos religiosos, y confesaban que no iban o que
iban muy poco a la iglesia.
-Nuestro traje -decían para justificarse- asustaría a los fieles...
La mayoría de ellos me tenían cierto respeto. Me estimaban porque no
bebía «vodka», no fumaba y llevaba una vida sobria y tranquila. Sólo les
enojaba el que no robase pintura, como se acostumbra entre los del oficio,
y el que me negase a pedirles propinas a los parroquianos. Todos ellos
robaban pintura: era una tradición consagrada por la práctica. Hasta el
propio Nabó, aquel hombre, escrupulosamente honrado, se creía en el deber
de respetar dicha tradición, y todos los días, cuando terminaba el
trabajo, se llevaba un poco de pintura perteneciente al parroquiano. En
cuanto a las propinas, incluso los obreros viejos y respetables que tenían
casa propia en el arrabal Marakija no se avergonzaban de pedirlas. Era
triste ver a todo un grupo de trabajadores descubrirse ante un
parroquiano, pedirle con tono humilde una propina y expresarle su
gratitud, al recibirla, con tono no más digno.
En fin: se conducían con los parroquianos como verdaderos jesuitas, y
yo me acordaba, mirándolos, de Polonio, el personaje de Shakespeare.
-Creo que va a llover -decía el parroquiano, mirando al cielo.
-¡De seguro! -confirmaban los obreros- ¡Va a llover a mares!
-Sin embargo, se va poniendo raso. Me parece que no lloverá.
-Sí, tiene razón su excelencia. No lloverá, no.
Despreciaban de todo corazón a los parroquianos, y, en su ausencia, se
burlaban de ellos sin piedad. Si veían, por ejemplo, a uno leyendo un
periódico en la terraza, hacían en voz baja observaciones como ésta:
-Está leyendo el periódico; pero quizá no tenga qué llevarse a la boca.
. . . . . . . . . .
Yo no iba nunca a casa de mi padre. Muchas tardes, cuando volvía,
después del trabajo, a mi posada, encontraba cartitas de mi hermana,
concisas, escritas con una visible turbación. Casi siempre me hablaba en
ellas de mi padre, que ora estaba triste y silencioso durante la comida,
ora de un humor endiablado, ora tan taciturno y poco sociable que no salía
de su cuarto.
Aquellas cartas turbaban mi alma y me quitaban el sueño. Algunas noches
vagaba horas enteras por la calle de la Nobleza, por delante de nuestra
casa, dirigiendo miradas escrutadoras a las ventanas obscuras y
esforzándome en adivinar lo que ocurría tras ellas. Se me antojaba siempre
que había ocurrido alguna desgracia.
Los domingos mi hermana venía a verme, siempre en secreto, sin que mi
padre se enterase. Aparentaba venir no a verme a mí, sino a nuestra
nodriza. Estaba pálida y con los ojos hinchados de llorar. En cuanto
llegaba daba rienda suelta a las lágrimas.
-¡Papá no soportará esto! -me decía en tono quejumbroso-. Si le sucede
una desgracia -no lo quiera Dios-, tendrás toda tu vida remordimientos de
conciencia... ¡Es horrible, Misail! En nombre de nuestra pobre madre te
suplico que cambies de conducta!
-No comprendo, querida -le respondía-, cómo te empeñas en que cambie de
conducta cuando estoy seguro de que obro según me manda mi conciencia.
-Ya sé que llevas una vida homesta... Está muy bien; pero, ¿no podrías
comportarte lo mismo... de otra manera, para no hacer sufrir a los demás?
La vieja Karpovna escuchaba desde su cuarto nuestra conversación,
suspiraba dolorosamente y decía de cuando en cuando:
¡Dios mío, es un desgraciado! Acabará mal, muy mal...
- VI -
Un domingo recibí la visita inesperada del doctor Blagovo. Llevaba una
guerrera blanca, camisa de seda y botas de montar.
-¡Aquí me tiene usted! -me dijo en tono amistoso, dándome un fuerte
apretón de manos como un joven estudiante-. Hace tiempo que deseaba verle.
Todos los días oigo hablar de usted, y he decidido venir a verle para que
hablemos un poco como buenos amigos. Se aburre uno terriblemente en la
ciudad. Ni una sola persona con quien poder charlar un rato...
Calló, se enjugó con el pañuelo el sudor de la frente, y continuó:
-¡Qué calor hace, Virgen Santa! ¿Me permite usted?
Se quitó la guerrera y se quedó en mangas de camisa.
-Bueno, si no tiene usted inconveniente, echaremos un párrafo -me
propuso de nuevo.
Yo también me aburría y tenía gana, hacía tiempo, de hablar con alguien
que no fuese pintor de brocha gorda. Y aquella visita me placía. Se lo
dije.
-Ante todo, he de declararle a usted -comenzó, sentándose en mi cama-
que he visto con mucha simpatía el paso decisivo que ha dado, y que su
vida actual merece toda mi estimación. Aquí, en esta ciudad, no se le
comprende, y no es extraño; como usted sabe, todos nuestros paisanos, casi
sin ninguna excepción, son unos salvajes, unas gentes sin cultura, llenas
de prejuicios. Se diría que son personajes de Gogol resucitados. Pero
usted tiene un alma noble, aspiraciones elevadas. Las adiviné cuando nos
conocimos en Dubechnia. Le respeto y quiero estrecharle la mano para
demostrárselo.
Hablaba con tono solemne y entusiástico.
Luego de estrecharme fuertemente la mano, prosiguió:
-Para cambiar tan brusca y tan radicalmente de vida como usted acaba de
hacerlo, ha debido usted de pasar por una larga lucha interior; para
continuar esta nueva vida y mantenerse a la altura de sus ideas, debe
usted, sin duda, gastar diariamente gran cantidad de energías
espirituales. Ahora bien, dígamelo usted con toda sinceridad: ¿No le
parece a usted que sería más razonable, más productivo, gastar esas mismas
energías con miras más altas, por ejemplo, con la de llegar a ser un gran
sabio o un gran artista? ¿No le parece a usted que su existencia,
entonces, sería infinitamente más bella, y más útil a la humanidad?
La conversación de tal manera comenzada siguió su curso. A una de sus
objeciones, relativa al trabajo físico, le contesté:
-Es absolutamente necesario que todos, los fuertes y los débiles, los
ricos y los pobres, tomen parte, en la misma medida, en la lucha por la
existencia. Cada uno debe contribuir, con arreglo a sus fuerzas, en el
trabajo humano. El trabajo físico debe ser obligatorio para todos, sin
excepción, y sólo así se logrará que desaparezcan todas las injusticias
sociales. Sólo así los fuertes dejarán de oprimir a los débiles y la
minoría dejará de considerar a la mayoría una bestia de carga que debe
trabajar para los parásitos.
-Entonces, a su juicio de usted, ¿todos, sin excepción, deben ocuparse
en el trabajo físico?
-Sí.
-¿Pero no cree usted que si todos, incluso los más grandes pensadores y
sabios, tomaran parte en la lucha por la existencia, como usted la
concibe, es decir, picando piedra y cavando, entregándose al trabajo
físico, se vería el progreso seriamente amenazado?
-No. El progreso no se hallaría, en manera alguna, en peligro. El
progreso se basa en el amor al prójimo, en el cumplimiento de las leyes
rnorales. Si nadie vive a expensas de los demás ni los oprime, ¿qué más
progreso? ¿Existe acaso otro progreso?
-¡Pero, permítame usted! -me replicó el doctor, encolerizado de
pronto-. ¡Si cada uno se dedica por entero al perfeccionamiento de su
propia persona y a la contemplación de su propia belleza moral, no hay
progreso posible!
-¿Por qué? Si para mantener su famoso progreso de usted es preciso que
unos trabajen para otros, alimentándolos, vistiéndolos, defendiéndolos,
con riesgo de su vida, contra sus enemigos, tal progreso no vale un
comino, pues se basa en una tremenda injusticia.
-Usted constriñe la idea del progreso -objetó vivamente Blagovo-. Lo
reduce a algo demasiado pequeño, a algo mezquino. El progreso no puede ser
limitado por las necesidades y las aspiraciones de tal o cual grupo de
gentes. Tiene un carácter universal y no se somete a nuestros deseos.
Escapa a nuestra comprensión y desconocemos sus fines.
-Entonces, ¿ni siquiera nos es dable saber adónde puede conducirnos ese
famoso progreso? En ese caso la vida no tenía sentido.
-¿Y qué falta nos hace saber adónde se dirige la humanidad? El saberlo
sería aburrido y la vida perdería todo interés. Subo por la escala que se
llama progreso, civilización, cultura; subo sin saber adónde iré a parar;
pero no me enoja. El camino en sí es tan hermoso que sólo el avanzar por
él vale la pena de vivir. Y usted, que busca el sentido de la vida, ¿para
qué vive? ¿Para luchar contra la opresión de unos por otros? ¿Para que un
gran pintor y el que le fabrica los colores puedan tener el mismo dinero?
Ese es el lado prosaico, filisteo de la vida; es su segundo término, la
cocina, la fachada trasera, y le aseguro a usted que no tiene nada de
intersante. No vale la pena de vivir para eso. Hasta sería repugnante
vivir para eso. Si hay bestias que se devoran unas a otras, ¿qué se le va
a hacer? ¡Allá se las hayan! No deben preocuparnos. Nunca será posible
salvarlas de su estupidez, y están destinadas a la podredumbre. Lo que nos
debe preocupar es el grande y radiante porvenir de la humanidad...
Aunque discutía conmigo en tono apasionado, Blagovo parecía preocupado
por otra cosa y daba muestras de cierta inquietud.
-Probablemente su hermana de usted no vendrá ya -dijo, luego de
consultar el reloj-. Ayer estuvo en casa y dijo que vendría hoy.
Se quedó silencioso un instante y continuó después:
-Habla usted de la esclavitud, de la explotación de unos por otros;
pero eso son detalles, cuestiones de harto escasa importancia al lado del
progreso humano, considerado en conjunto. Esas cuestiones las va
resolviendo la humanidad poco a poco, a medida que evoluciona.
-Sí; pero en la espera de que resuelva esas cuestiones no podemos
permanecer con los brazos cruzados, no podemos limitarnos a ser
espectadores pasivos de todas las injusticias. Cada uno de nosotros debe
resolver por sí mismo la cuestión del bien y del mal. Por otra parte, nada
nos indica que la humanidad evolucione con rumbo al bien. Junto al
desarrollo de las ideas humanitarias contemplamos el de ideas de muy
distinto género. La servidumbre ha sido abolida; pero en su lugar yergue
la cabeza el capitalismo. Y en plena floración de las ideas emancipadoras,
la explotación del hombre por el hombre sigue su curso: exactamente igual
que en la Edad Media, la minoría continúa alimentándose, vistiéndose, y
haciéndose defender por la mayoría, que continúa hambrienta, desnuda y sin
defensa.
-Pero no se puede negar que la humanidad mejora de día en día.
-No lo veo. Las injusticias más atroces subsisten al lado de las más
nobles corrientes de ideas y del desenvolvimiento de la ciencia y del
arte. El arte de explotar al prójimo se desenvuelve al unísono de las
demás artes. Es verdad que la servidumbre ha sido jurídicamente abolida;
pero la hemos resucitado, revistiéndola de otras formas más refinadas, y
nos hemos hecho bastante inteligentes para justificarla con toda suerte de
sofismas. Pese a todas las nobles ideas de que hacemos gala, si la gente
pudiera encargar de sus funciones fisiológicas más desagradables a sus
servidores, lo haría sin titubear; y para justificarlo, argüiría que los
sabios, los artistas, los pensadores, no pueden malgastar su precioso
tiempo en cierta clase de funciones sin grave peligro del progreso
humano...
En aquel instante entró mi hermana. Al ver al doctor se turbó mucho y
dijo, momentos después de llegar, que era ya tarde y que la esperaba papá.
-¡Cleopatra Alexeyevna! -exclamó Blagovo con acento persuasivo-. ¿Qué
daño puede haber para su padre de usted en que pase usted media hora
conmigo y su hermano?
Había en su voz tal expresión de sinceridad que convencía. Mi hermana
reflexionó un poco, se echó luego a reír y se llenó de una súbita alegría.
Nos dirigimos a las afueras, nos sentamos sobre la hierba y continuamos
nuestra conversación. En la ciudad, frente a nosotros, las ventanas
parecían de oro, heridos sus cristales por los rayos del sol.
A partir de aquel día, cada vez que mi hermana venía a verme, venía
también el doctor Blagovo. Aparentaban encontrarse en casa por casualidad.
Ella escuchaba atentamente nuestras discusiones, pintados en el rostro
la alegría y el entusiasmo. Se diría que un mundo nuevo se abría poco a
poco a sus ojos, un mundo cuya existencia no sospechaba y que se esforzaba
en conocer una vez entrevisto.
Cuando el doctor no estaba presente, permanecía silenciosa y triste. De
cuando en cuando lloraba con un suave llanto; pero no era yo quien la
hacía llorar.
En el mes de agosto, Nabó nos anunció que ibamos a trabajar en el
camino de hierro, fuera de la ciudad. Dos días antes del fijado para
nuestra marcha, mi padre se presentó de pronto en casa.
Se sentó, se secó la frente sudorosa con el pañuelo, y sin mirarme,
lentamente, extrajo de un bolsillo de su americana el periódico local, y
casi deletreando me leyó una noticia referente a mi antiguo compañero de
colegio, el hijo del director del Banco. Aquel joven había sido nombrado
no sé qué de gran importancia en el ministerio de Hacienda.
-Y ahora -dijo mi padre, doblando despaciosamente el periódico- vuelve
los ojos a ti mismo: vas vestido de andrajos como el más miserable de los
canallas. Hasta la gente humilde procura recibir alguna instrucción para
ocupar en el mundo un lugar lo mejor posible, y tú, Poloznev, que procedes
de una familia noble, que ha dado a la patria hombres ilustres, te empeñas
en vivir en el cieno, en los bajos fondos sociales...
Se levantó, me dirigió una mirada llena de cólera, y añadió:
-Pero no he venido para hablar de ti, pues harto se me alcanza que
sería tiempo perdido. He venido a preguntarte: ¿Dónde está tu hermana,
miserable? Salió de casa después de comer, y aunque son ya las ocho, no ha
vuelto todavía. Ha comenzado no hace mucho a salir con frecuencia sin
decirme nada. Ya no es la hija respetuosa que era. Adivino en ello tu
influencia nefasta, sinvergüenza. ¿Sabes dónde está?
Llevaba en la mano el paraguas de marras. Creí que se disponía a
sacudirme el polvo como había hecho tantas veces, y sentí el temor
infantil de un escolar a quien va a castigar el maestro. Mi padre advirtió
la mirada que dirigí al paraguas y se dominó.
-Tú ya no me interesas -dijo-. Te privo de mi bendición paternal. Te he
arrancado completamente de mi corazón.
La vieja Karpovna, que oía nuestra conversación, suspiró.
-¡Dios mío, Virgen Santa! -balbuceó-. ¡Estás perdido para siempre!
Acabarás mal...
. . . . . . . . . .
Comencé a trabajar en el camino de hierro.
El mes de agosto fue lluvioso, húmedo y frío. El mal tiempo impedía
transportar el trigo. Por todas partes se veían montones de trigo altos
como colinas. A causa de las lluvias se iban ennegreciendo de día en día y
desmoronándose.
Era difícil trabajar: cuanto hacíamos nosotros lo desbarataba la
lluvia. No se nos permitía vivir en los edificios de las estaciones y
teníamos que guarecernos en sucias y húmedas cabañas construidas por los
obreros. Yo pasaba unas noches muy malas tiritando de frío y de humedad.
Con frecuencia, los obreros de la línea venían a armarnos camorra, y con
el menor pretexto nos vapuleaban. Esto constituía para ellos una manera de
deporte que les divertía mucho. Nos sacudían el polvo, nos robaban los
colores y, para hacernos rabiar, nos destruían el trabajo.
Por si esto era poco, Nabó empezó a pagarnos sin regularidad. Bajo la
dependencia de otros contratistas, recibía de ellos muy poco dinero y no
ganaba lo bastante para poder pagarnos bien. Por otra parte, las lluvias
incesantes nos impedían trabajar y perdíamos mucho tiempo. Los obreros,
hambrientos y sin un cuarto en el bolsillo, se daban a todos los demonios
y estaban dispuestos a pegarle a Nabó una paliza. Le insultaban, le
llamaban canalla, mala sangre, Judas. El desventurado suspiraba, procuraba
calmarlos y acababa por ir a casa de la generala Cheprakov en demanda de
un pequeño préstamo.
- VII -
Llegó el otoño, lluvioso, cenagoso sin sol.
Sólo raras veces teníamos trabajo. Me pasaba parado hasta tres días
seguidos. Para no morirme de hambre hacía cosas por completo ajenas a mi
oficio; llevaba agua cavaba, recibiendo por ello veinte «copecks» de
jornal.
El doctor Blagovo se había marchado a Petensburgo. A mi hermana no
había vuelto a verla. Nabó había caído enfermo y no abandonaba ya el
lecho, esperando la muerte. Mi humor era también otoñal.
Vivía de nuevo en la ciudad, y lo que veía me inspiraba una repugnancia
profunda. Convertido en un simple obrero, contemplaba la vida de mis
paisanos desde un nuevo punto de vista.
Los que yo consideraba menos sinvergüenzas se revelaban ahora a mis
ojos en toda su vileza, crueles, sin escrúpulos, capaces de toda maldad.
Nos engañaban a cada paso, trataban de pagarnos lo menos posible, nos
hacían esperar horas enteras en el portal frío o en la cocina, nos
hablaban en un lenguaje brutal, nos insultaban, nos trataban, en fin, como
a vil chusma.
Recuerdo un hecho significativo: me encargaron de empapelar el club de
la ciudad. Me pagaban a razón de siete «copecks» por rollo de papel, y
como se me propusiera firmar un recibo de doce «copecks» por rollo, me
negué a hacerlo. Entonces uno de los administradores del club, un señor de
aspecto muy respetable, con gafas de oro, me gritó:
-¡Si añades una palabra más, te rompo las muelas, canalla!
Un camarero allí presente le dijo algo al oído, quizá que yo era el
hijo del arquitecto Poloznev. El administrador se turbó un poco, pero se
repuso en seguida y contestó:
-¿Qué vamos a hacerle? ¡A la porra!
Los tenderos se creían en el deber de vendernos el género, más malo, el
que no se atrevían a ofrecerles a los demás. En las carnicerías nos daban
a menudo carne echada a perder. En la iglesia éramos brutalmente
atropellados por la policía. Cuando alguno de nosotros estaba enfermo en
el hospital, los enfermeros y las enfermeras le trataban con un desprecio
altivo, le robaban el alimento y le servían de comer en platos sucios. En
las oficinas de correos, cualquier empleadillo se creía en el derecho de
tratarnos como a bestias y de insultarnos groseramente.
-¡Espera! ¿No ves que estoy ocupado?
Hasta los perros parecían despreciarnos y se lanzaban contra nosotros
con una furia singular.
Lo que sobre todo me indignaba en nuestra ciudad era la ausencia
absoluta del espíritu de justicia. Mi nueva posición social me permitía
comprobarlo a cada paso. Mis paisanos estaban, como dice el vulgo, dejados
de la mano de Dios. Todos sin excepción, robaban, estafaban, engañaban,
abusaban de la confianza: los comerciantes, los contratistas, los
empleados. A nosotros, simples obreros, no se nos reconocían ningunos
derechos, ni aun los más elementales; el dinero que se nos debía por
nuestro trabajo nos veíamos obligados a mendigarlo, como una limosna,
gorra en mano, a la puerta de nuestros deudores.
Un día que me hallaba en e1 club empapelando una habitación inmediata
al salón de lectura, vi de pronto entrar a la hija del ingeniero
Dolchikov, con unos cuantos libros en la mano.
-¡Hola! -dijo cuando me hubo reconocido, tendiéndome la mano-. Celebro
mucho verle a usted.
Se sonreía y miraba con curiosidad mi blusa, el bote de la cola, los
rollos de papel extendidos en el suelo.
Yo estaba confuso. Ella también parecía turbada.
-Perdone usted -me dijo- que le mire de esta manera. He oído hablar
mucho de usted, sobre todo al doctor Blagovo, a quien le ha sorbido usted
el seso. También he tenido el gusto de conocer a su hermana de usted. Es
una muchacha muy simpática; pero no he conseguido persuadirla de que su
situación actual de usted no tiene nada de horrible. Yo, por el contrario,
creo que es usted hoy el hombre más interesante de la ciudad.
Miró de nuevo la cola y los rollos de papel y prosiguió:
-Le había rogado al doctor Blagovo que me proporcionase una ocasión de
hablar con usted. Seguramente no se ha acordado o no ha tenido tiempo. El
caso es que ya nos hemos conocido, y yo tendría mucho gusto en que viniese
usted por casa. Soy una mujer sencilla y espero no ser para usted causa de
azoramiento.
Me estrechó la mano, y añadió:
-Mi padre no está en la ciudad, está en Petersburgo.
Y entró en el salón de lectura.
Aquella noche dormí muy poco: tan turbado estaba.
. . . . . . . . . .
Desde el punto de vista material, aquel otoño fue para mí muy malo.
Ganaba muy poco y sufría muchas privaciones. Pero un alma caritativa
acudía en mi auxilio, enviándome de cuando en cuando, ya bizcochos, ya
perdices asadas, ya té y azúcar. Karpovna me decía que todo aquello lo
llevaba un soldado, el cual nunca quería decir de parte de quién. Le
preguntaba a mi vieja nodriza si yo estaba bien de salud, si comía todos
los días y si tenía ropa de abrigo.
Cuando los fríos se hicieron más fuertes, el mismo soldado me llevó una
bufanda de punto que exhalaba un perfume delicado, apenas perceptilble, de
lirio silvestre. Ese perfume me reveló que mi buena hada era Ana Blagovo.
La hermana del doctor se pirraba por los lirios silvestres, y su esencia
era su perfume predilecto.
En invierno tuvimos ya más trabajo, y la situación no era tan triste.
Nabó resucitó de nuevo y desplegó otra vez su acostumbrada actividad.
Trabajé con él en la iglesia del cementerio, donde nos encargaron el
dorado de los viejos iconos y algunas reparaciones. El trabajo era
agradable e interesante. Además, los obreros se conducían, por respeto al
lugar sagrado, muy correctamente: no se injuriaban y ni siquiera se reían.
Se advertía que hacían cuanto estaba en su mano, par no profanar el lugar
con destemplanza alguna.
Absortos en el trabajo, estábamos casi inmóviles, punto menos que como
estatuas. Nos rodeaba el silencio profundo del cementerio. Si algún
instrumento se caía al suelo, volvíamos la cabeza asustados: tan
habituados nos hallábamos a tal silencio. De cuando en cuando se oía al
sacerdote salmodiar preces sobre el ataúd de un niño. A veces, un pintor,
que pintaba en la cúpula una paloma, empezaba a silbar quedito y espantado
él mismo de su audacia, se callaba en seguida. Cuando las campanas de la
iglesia empezaban a sonar tristemente sobre nuestras cabezas, adivinábamos
que traían un difunto de la ciudad.
Entregado al trabajo durante el día en aquel templo silencioso, yo me
permitía por las noches jugar al billar, o, si había algún espectáculo, ir
al teatro, a entrada general, con el traje que acababa de hacerme y en el
que había invertido parte de mis ahorros.
En casa de Achoguin había ya comenzado la saison théatrale. Se
celebraron funciones y conciertos de aficionados. Las decoraciones ahora
eran pintadas por Nabó sólo, sin mi ayuda. Cuando volvía de casa de
Achoguin, me contaba el argumento de las piezas que se representaban y el
asunto de los cuadros vivos que se ponían en escena. Todo aquello me
interesaba mucho y yo habría dado cualquier cosa por estar en su lugar. Me
habría placido en extremo asistir a los espectáculos de casa de Achoguin,
pero no me atrevía a ir.
Una semana antes de las fiestas de Navidad llegó el doctor Blagovo.
De nuevo comenzaron nuestras discusiones. Por las noches jugábamos al
billar. Para jugar se quitaba la americana, se desabrochaba la camisa, en
fin, hacía cuanto le era dable por parecer un muchacho que sabe gozar de
la vida. Aunque casi no bebía vino, ponía un gran empeño en pasar por un
gran bebedor y todas las noches se dejaba en la caja de la taberna «Volga»
un buen puñada de rublos, por más que los precios allí eran moderados.
Las visitas de mi hermana volvieron a empezar. De nuevo ella y el
doctor se encontraban en casa, aparentando encontrarse por casualidad;
pero por la alegría que se pintaba en sus semblantes no tardé en darme
cuenta de que no había tal casualidad, y los encuentros obedecían a un
previo convenio.
Hallándonos una noche jugando al billar, el doctor me dijo:
-¿Por qué no visita usted a la señorita Dolchikov? No conoce usted a
María Victorovna: es inteligentísima, de muy buen corazón y muy sencilla;
una mujer encantadora, en fin.
Le conté cómo me había acogido, la primavera anterior, el ingeniero
Dolchikov y se echó a reír.
-No haga usted caso -me dijo-. María Victorovna es completamente
independiente de su padre y hace lo que le da la gana... Debía usted ir a
verla. Se alegraría mucho. Si quiere usted, iremos mañana juntos.
Acabó por persuadirme.
A la noche siguiente, me puse mi traje nuevo, y muy turbado me dirigí a
casa de la señorita Dolchikov.
El criado que me abrió la puerta no me pareció ya tan terrible ni el
mobiliario tan lujoso como la mañana memorable que visité al señor
Dolchikov para pedirle un empleo.
María Victorovna, prevenida por Blagovo de mi visita, me acogió como a
un antiguo conocido y me estrechó cordialmente la mano.
Llevaba una bata gris de mangas perdidas, y los cabellos peinados a la
moda no conocida aún en la ciudad y que se llamó luego «orejas de perro»
porque los cabellos cubrían las orejas. María Victorovna era bella y
elegante, pero no parecía muy joven: representaba treinta años, aunque en
realidad sólo tenía veinticinco.
-¡Estoy agradecidísima a nuestro querido doctor! -me dijo, invitándome
a sentarme-. Sin su intervención no habría usted venido a casa. Me aburro
mortalmente. Mi padre se ha ido, dejándome sola, y no sé cómo pasar el
tiempo en esta ciudad.
Luego me preguntó dónde trabajaba, dónde vivía, cuánto ganaba.
-¿No gasta usted más que lo que gana? -inquirió.
-Nada más.
-¡Qué feliz es usted! -suspiró-. Se me antoja que todo el mal proviene
de la ociosidad, del aburrimiento, del vacío del alma, inevitable cuando
no se hace nada y se vive a costa de los demás. La costumbre de vivir sin
trabajar tiene consecuencias fatales. No se crea usted que lo digo por
coquetetería. Le doy mi palabra de que no es nada interesante ni grato el
ser rico. Además, el origen de la riqueza es casi siempre poco honrado: es
imposible hacerse rico honradamente.
Contempló con una mirada fría y grave al mobiliario, como si quisiera
inventariarlo, y añadió:
-El confort, las comodidades tienen una gran fuerza de atracción: poco
a poco conquistan hasta a los que poseen una voluntad firme. En otro
tiempo, vivíamos mi padre y yo muy modestamente, casi pobremente, y
ahora... ¡ya ve usted qué lujo! Me da vergüenza confesarlo; pero gastamos
¡hasta veinte mil rublos anuales, aquí, en este rincón provinciano!
-El confort -respondí- es un privilegio inevitable del capital y la
instrucción. Pero yo creo que el confort no es incompatible ni con el
trabajo más penoso. Su padre de usted, por ejemplo, a pesar de su riqueza,
se entrega a veces a trabajos de maquinista, de simple obrero... Se puede
ser rico y trabajar rudamente.
Ella se sonrió y sacudió irónicamente la cabeza.
-Los trabajos rudos de mi padre no pasan de ser caprichos,
diversiones... También le gusta, de vez en cuando, un plato de sopa
campesina o un pedazo de pan negro...
En aquel momento sonó la campanilla de la puerta y María Victorovna se
levantó.
-Todo el mundo .prosiguió, dirigiéndose a la puerta- debe trabajar. El
confort debe ser para todos. ¡Nada de excepciones, nada de privilegios!
Y salió.
Momentos después volvió acompañada del doctor Blagovo.
-Habíamos entablado -le dijo- un diálogo filosófico. Pero ¡basta de
filosofía! Cuéntenos usted algo. Háblenos, por ejemplo, de sus compañeros
de trabajo. Deben de ser muy interesantes.
Empecé a informarla; pero, en parte por mi torpeza de hombre no
habituado a narrar y en parte por mi turbación, mi relato fue seco, como
el de un etnógrafo que refiriese algo tocante a la vida de los pueblos.
El doctor también refirió varias anécdotas a propósito de los obreros,
aunque con más gracia, como un artista consumado: remedaba a los obreros
borrachos, lloraba, caía de hinojos, hasta se tendía en el suelo para
parodiar mejor la embriaguez.
María Victorovna le miraba y se desternillaba de risa.
Luego el doctor se sentó al piano y empezó a tocar y a cantar. María
Victorovna, de pie, a su lado, le colocaba en el atril los cuadernos de
música y le corregía cuando se equivocaba.
-He oído, decir que usted también canta -le dije a la señorita
Dolchikov.
-¿También? -gritó horrorizado el doctor-. ¡Pero si María Victorovna es
una verdadera artista! ¡Canta admirablemente!
-Hace años -dijo ella- me dediqué en serio a los estudios musicales;
pero la música ya no me interesa.
Se sentó en un confidente y se puso a contarnos su vida en Petersburgo,
en el medio artístico adonde la habían llevado sus aficiones filarmónicas.
Imitaba a las más célebres cantantes, su voz, sus actitudes, su manera de
aparecer ante el público. Luego nos retrató en su álbum al doctor y a mí.
Los retratos eran bastante mediocres, pero tenían cierto parecido. Reía,
&