Anton Chejov - Historia de mi vida




     - I -
        El jefe de la oficina me dijo:
        -A no ser por lo mucho que estimo a su honorable padre, le habría hecho
     a usted emprender el vuelo hace tiempo.
        Y yo le contesté:
        -Me lisonjea en extremo su excelencia al atribuirme la facultad de
     volar.
        Su excelencia gritó, dirigiéndose al secretario:
        -¡Llévese usted a ese señor, que me ataca los nervios!
        A los dos días me pusieron de patitas en la calle.
        Desde que era mozo había yo cambiado ocho veces de empleo. Mi padre,
     arquitecto del Ayuntamiento, estaba desolado. A pesar de que todas las
     veces que había yo servido al Estado lo había hecho en distintos
     ministerios, mis empleos se parecían unos a otros como gotas de agua: mi
     obligación era permanecer sentado horas y horas ante la mesa-escritorio,
     escribir, oír observaciones estúpidas o groseras y esperar la cesantía.
        Con motivo de la pérdida de mi último destino tuve, como es natural,
     una explicación enojosa con el autor de mis días. Cuando entré en su
     despacho, estaba hundido en su profundo sillón y tenía los ojos cerrados.
     En su rostro enjuto, de mejillas rasuradas y azules, parecido al de un
     viejo organista católico, se pintaba la sumisión al destino.
        Sin contestar a mi saludo, me dijo:
        -Si tu madre, mi querida esposa, viviera todavía, serías para ella
     origen constante de disgustos y de bochornos. Dios, en su infinita
     sabiduría, ha cortado el hilo de su existencia para evitarle terribles
     decepciones.
        Calló un instante y añadió:
        -Dime, desgraciado, ¿qué voy a hacer contigo?
        Antes, cuando yo era más joven, mis deudos y mis conocidos sabían lo
     que se podía hacer conmigo: unos me aconsejaban que ingresara en el
     ejército; otros, que me colocase en una farmacia; otros, que me colocase
     en telégrafos. Pero a la sazón, cuando yo ya tenía veinticinco años
     cumplidos y algunos cabellos grises en las sienes, lo que se podía hacer
     conmigo era un misterio para todos: había estado yo empleado en
     telégrafos, en una farmacia, en numerosas oficinas; había agotado los
     medios de ganarme, como decía mi padre, honorablemente la vida. Y todos
     los que me rodeaban me consideraban hombre al agua y sacudían la cabeza,
     al mirarme, de un modo compasivo.
        -Bueno, ¿qué vas a hacer ahora? -continuó mi padre- A tu edad, los
     jóvenes ocupan ya una buena posición social, y tú no eres más que un
     proletario, un miserable que no sabe ganarse honorablemente la vida y que
     vive como un parasito a expensas de su padre.
        Luego se extendió en largas consideraciones sobre su tema favorito: la
     perdición de la juventud contemporánea a causa de su falta de religión, de
     su materialismo y de su arrogancia. Los jóvenes de mi época, al decir del
     autor de mis días, se entregaban de lleno a los placeres, a las ideas
     perversas y a los espectáculos teatrales de aficionados, que el gobierno
     debía prohibir, puesto que no servían más que para apartar a la gente moza
     de la religión y del deber.
        -Mañana -terminó diciendo- iremos juntos a ver a tu jefe, a quien le
     pedirás perdón y le prometerás ser en adelante un empleado modelo. No
     puedes, en manera alguna, renunciar a tu posición social.
        Yo no esperaba nada bueno del sesgo que tornaba la plática, pero
     contesté:
        -¡Oigame usted, padre, se lo ruego! Eso que llama usted posición social
     no es sino el privilegio del capital y de la instrucción. Los que no
     tienen ni una ni otra cosa se ganan el pan con un trabajo físico, y no sé
     en virtud de qué razones no me lo he de ganar yo así.
        -Si empiezas a hablar de trabajo físico, no podemos seguir hablando.
     ¿No comprendes, imbécil, cabeza hueca, que además de la fuerza bruta
     posees el espíritu de Dios, el fuego sagrado que te eleva infinitamente
     sobre un asno o un cerdo? Ese fuego sagrado ha sido conquistado en miles
     de años por los mejores hombres de la tierra. Tu bisabuelo el general
     Poloznev se distinguió en la batalla de Borodino; tu abuelo era poeta,
     orador y jefe de la nobleza del distrito; tu tío era pedagogo; yo, en fin,
     soy arquitecto. ¡Todos los Poloznev han guardado celosamente el fuego
     sagrado, y tú quieres apagarlo!
        -Hay que ser justo: millones de hombres trabajan físicamente -objeté yo
     con timidez.
        -¡Peor para ellos! Si trabajan físicamente es porque no saben hacer
     otra cosa. Su trabajo se halla al alcance de todos, incluso de los idiotas
     y los criminales. Es bueno para esclavos y bárbaros, mientras que sólo los
     elegidos pueden alimentar el fuego sagrado. Los elegidos son poco
     numerosos, y los esclavos y los bárbaros se cuentan por millones.
        Era completamente inútil continuar la conversación. Mi padre se adoraba
     a sí mismo, y sólo concedía importancia a sus propias palabras. Lo que
     decían los demás no tenía valor alguno para él.
        Por otra parte, yo sabía que el tono altivo con que hablaba del trabajo
     físico no obedecía tanto a su entusiasmo por el fuego sagrado como al
     temor que le inspiraba la opinión pública: si yo me hubiera convertido en
     un simple obrero, el escándalo en la ciudad habría sido enorme. Pero lo
     que principalmente le mortificaba era que todos mis compañeros de escuela
     hubieran terminado hacía tiempo sus estudios universitarios y se hubieran
     conquistado una posición. El hijo del director del Banco era jefe de una
     oficina muy importante, y yo, el hijo único del arquitecto municipal, no
     era nada aún.
        No se me ocultaba que el seguir hablando no conducía a nada, a no ser a
     un grave disgusto; pero continuaba sentado frente a mi padre,
     defendiéndome débilmente, para ver si lograba que me comprendiese. La
     cuestión no pedía ser mas sencilla: no se trataba sino de encontrar una
     manera de ganarse el pan. Y mi padre no se hacía cargo de la sencillez de
     la cuestión, y me hablaba sin cesar, con frases afectadas, del fuego
     sagrado, de Borodino, del abuelo poetastro hacía tanto tiempo olvidado,
     etc., etc. Me trataba de idiota, de imbécil, de cabeza hueca, y, sin
     embargo, yo sólo quería que me comprendiese. A pesar de todo, él y mi
     hermana me inspiraban gran cariño. Acostumbraba, desde mi infancia, a no
     hacer nada sin su consejo. Estaba tan arraigada en mí esa costumbre, que
     desembarazarme no podré de ella nunca. Obrase o no con razón, siempre
     temía afligirlos, siempre temía que le diese a mi padre un ataque
     hemipléjico cuando se enfadaba conmigo, pues la ira le ponía fuera de sí,
     le subía la sangre a la cabeza.
        -Estar sentad -dije- en una habitación mal aireada, copiar papeles,
     rivalizar con una máquina de escribir es vergonzoso y humillante para un
     hombre de mi edad. Y en nada de eso hay mi una chispa del fuego sagrado de
     que me habla usted.
        -No obstante, es un trabajo intelectual -contestó mi padre-. ¡Pero
     basta! Pongámosle fin a esta conversación. Sólo he de advertirte que, si
     no sigues asistiendo a la oficina y te empeñas en obrar conforme a tus
     inclinaciones despreciables, yo y mi hija te privaremos de nuestro afecto.
     ¡Y te desheredaré, te lo juro!
        Con completa sinceridad, para probarle la pureza de mis intenciones, en
     las que quería inispirarme toda la vida, repliqué:
        -La cuestión de la herencia no tiene para mí ninguna importancia.
     Renuncio de antemano a mi patrimonio.
        Sin que yo lo esperase, tales palabras ofendieron mucho a mi padre. Se
     puso rojo como la grana.
        -¿Te atreves a hablarme así, imbécil?-gritó con voz chillona-.
¡Canalla!
        Y me dió un par de bofetadas.
        -¡Eres un insolente!
        En mi niñez, cuando mi padre me pegaba, yo debía permanecer derecho
     ante él, inmóvil, con los brazos caídos a lo largo del cuerpo, mirándole
     de frente. Ya hombre, si alguna vez me sacudía el polvo, el respeto y el
     hábito me compelían a adoptar la misma postura y a mirarle del mismo modo.
     Aunque había envejecido, sus músculos eran aún fuertes, y los golpes que
     me administraba no tenían nada de suaves.
        A la segunda bofetada, a pesar de mi respetuosa y añeja costumbre de
     quedarme quieto, retrocedí hasta el recibidor. Él me siguió, cogió su
     paraguas del perchero y empezó a darme paraguazos en la cabeza y en los
     hombros.
        En aquel momento mi hermana, atraída por el ruido, abrió la puerta del
     salón. Al ver lo que ocurría, volvió la cabeza, pintados en el rostro el
     terror y la lástima, pero no pronunció ni una palabra en favor mío.
        Mi decisión de no volver a la oficina de donde me habían echado, y de
     comenzar una vida nueva, de verdadero trabajo, era inquebrantable. Sólo me
     faltaba elegir oficio, lo que no me parecía difícil, pues me consideraba
     con vigor, perseverancia y capacidad para el trabajo más penoso. Harto
     sabía que la vida que me esperaba era una vida monótona de obrero, con sus
     miserias, su ambiente grosero, su constante temor de hallarse sin trabajo
     y perecer de hambre. Acaso al volver de mi trabajo por la calle de la
     Nobleza -la principal de la ciudad-, lamentase algún día no haber
     preferido una carrera intelectual; pero, por el momento, yo estaba muy
     satisfecho de mi decisión y no me espantaba la idea de las privaciones,
     las inquietudes y los sinsabores que me aguardaban.
        En otro tiempo soñaba con una carrera intelectual: me imaginaba ya
     profesor, ya médico, ya literato. Pero mis sueños no se habían realizado.
     Aunque sentía marcada inclinación por los placeres espirituales
     -principalmente por los que nos procuran las letras-, no sabía hasta qué
     punto el trabajo intclectual concordaría con mis aptitudes. En el Liceo
     manifesté una aversión tal a la lengua griega que me echaron sin aprobar
     el cuarto año. Luego estudié en casa mucho tiempo con profesores
     particulares, para poder examinarme y pasar al quinto año; después
     desempeñé todos los empleos de que he hablado, me dediqué a perder el
     tiempo en una porción de oficinas, lo cual me aseguraban que era trabajo
     intelectual. Mi servicio en tales oficinas no exigía de mí ni esfuerzos de
     ingenio, ni talento, ni capacidad personal, ni inspiración. Mi trabajo no
     difería en nada del de una máquina, y era, en mi sentir, más despreciable
     que cualquier trabajo físico. Me parecía imperdonable la vida ociosa,
     inútil, de la mayoría de los pretendidos trabajadores intelectuales,
     verdadera vida de parásitos. Quizás me equivocase. Quizás no tuviese yo
     idea de lo que es el auténtico trabajo intelectual.
     . . . . . . . . . .
        Empezó a anochecer.
        Nuestra casa se hallaba en la calle de la Nobleza, por la que, a falta
     de un buen jardín público, se paseaba todas las tardes la gente
     distinguida de la ciudad.
        La calle era encantadora y podía, hasta cierto punto, reemplazar a un
     jardín: la bordeaban dos hileras de acacias que exhalaban en el buen
     tiempo un olor delicioso, sobre todo después de la lluvia. Por encima de
     las tapias de los jardincillos domésticos asomaban sus ramas las lilas,
     las acacias, los manzanos.
        Estábamos en el mes de mayo. A pesar de que no eran nuevas para mi
     aquellas tardes primaverales con sus suaves penumbras, con sus tiernos
     verdores, con sus delicadas fragancias, con su dulce rumor de insectos,
     con su tibia temperatura, todo eso aquel día me impresionaba más que de
     costumbre y ponía en mi alma una languidez singular.
        Me hallaba en el portal de casa y contemplaba a los paseantes. Conocía
     a la mayor parte desde mi niñez, y no pocos de ellos habían jugado
     conmigo. A la sazón, mi compañía, si me hubiera acercado a ellos, los
     habría enojado, pues yo iba vestido pobremente y nada a la moda; llevaba
     unos pantalones muy estrechos y unas botas muy grandes, que parecían
     barcos. Además, mi reputación en la ciudad dejaba mucho que desear. Yo era
     un hombre, que no se había conquistado una posición, que jugaba al billar
     en cafetines de mala nota y que había sido dos veces -no sé el motivo a
     ciencia cierta- conducido a la gendarmería.
        En el caserón frontero a casa, perteneciente al ingeniero Dolchikov,
     alguien tocaba el piano.
        La obscuridad se fue adensando y aparecieron en el cielo las primeras
     estrellas.
        Andando lentamente y saludando a los paseantes, pasó mi padre, con su
     viejo sombrero de copa, del brazo de mi hermana.
        -¡Mira! -1e decía, señalando al cielo con el paraguas con que me había
     pegado horas antes-. ¡Mira el cielo! Todas las estrellas que ves, hasta
     las más pequeñas, son mundos. El hombre, comparado con la inmensidad del
     Universo, es como un granito de arena.
        Afirmaba esto con el tono de quien está muy orgulloso y muy contento de
     ser tan poca cosa.
        ¡Qué corto de alcances es! No tiene talento ninguno. Desde hace muchos
     años no hay otro arquitecto en la ciudad, en la que no se ha construido en
     todo ese tiempo una casa de regulares condiciones estéticas y prácticas.
     El buen señor se guía por métodos de construcción horriblemente
     rutinarios. Cuando se le encarga una casa, lo primero que dibuja en el
     plano es el salón.
        Luego añade el comedor, el cuarto de los niños, el gabinete, las
     alcobas, y pone en comunicación unas con otras por medio de puertas todas
     estas habitaciones, de modo que para llegar a la última es preciso pasar
     por cada una de las anteriores y nadie puede disponer enteramente de
     ninguna.
        Se advierte que conforme va componiendo el plano se le van ocurriendo
     ideas incoherentes, estrechas, mezquinas, limitadas, y que conforme va
     dándose cuenta de sus olvidos va añadiendo detalles.
        La cocina la coloca siempre en el sótano, con una bóveda de piedra y un
     suelo de ladrillos. La fachada siempre es sombría, seca, triste, de líneas
     severas, baja, como aplastada; las chimeneas, anchas y feas, están
     cubiertas por unas caperuzas de alambre.
        No sé por qué, todas las casas construidas por mi padre me recuerdan de
     un modo vago su sombrero de copa y su nuca.
        Poco a poco los habitantes de la ciudad se fueron acostumbrando a su
     estilo arquitectónico, que llegó a tener un valor local.
        Ese mismo estilo lo llevó a mi vida y a la de mi hermana. A mí me puso
     el nombre bíblico de Misail y a mi hermana el histórico de Cleopatra.
     Cuando era pequeña, le hablaba de las estrellas, de los sabios de la
     antigüedad, de nuestros abuelos, que debían servirnos de ejemplo. A la
     sazón tenía ya veintiséis años y seguía hablándole de las mismas cosas.
     Evitaba con sumo cuidado el que se tratase con mozos. No le permitía
     pasear en otra compañía que la suya. Estaba seguro de que el día menos
     pensado se presentaría un joven distinguido y de excelente educación, que
     la pediría por esposa. Y mi pobre hermana le adoraba, le temía y le
     consideraba el más inteligente de los hombres.
     . . . . . . . . . .
        Cerró la noche por completo y no tardó la calle,en quedarse desierta.
        En casa del ingeniero Dolchikov cesaron de tocar el piano. La puerta
     cochera se abrió poco después, y un coche arrastrado por tres magníficos
     caballos salió, con un alegre ruido de cascabeles: el ingeniero y su hija
     se dirigían a las afueras de la ciudad a dar un paseo nocturno.
        Era hora de acostarse.
        Yo tenía en la casa una habitación; pero habitaba en un cuartito que
     había en el patio, en un cobertizo de ladrillos. Aquel cuartito había sido
     construido no se sabe para qué; probablemente para guardar los trastos
     viejos. Hacía treinta años que mi padre depositaba allí la colección de su
     periódico, cuyos números hacía empaquetar cada seis meses y guardaba
     celosamente, como algo precioso.
        Yo le había tomado cariño a aquel cuartito abandonado: en él vivía sin
     que nadie me molestase, y veía lo menos posible a mi padre y a sus
     visitas. Además, se me antojaba que no habitando en la misma casa, y no
     yendo todos los días a comer, mi padre no podría echarme tanto en cara el
     vivir a su costa.
        Mi hermana me atendía en mi apartamiento. A hurto de mi padre me llevó
     la cena: un trocito de vaca fiambre y un pedazo de pan. En casa se gastaba
     poco; mi padre siempre estaba hablando de la necesidad de limitar los
     gastos todo lo posible.
        -Hay que calcular siempre -decía-. Al dinero le gusta ser contado y
     recontado.
        Mi hermana, guiándose por estas máximas triviales y enojosas, procuraba
     economizar cuanto le era dable, y en casa se comía muy mal.
        Puso sobre la mesa el plato con la cena, se sentó en mi cama y empezó a
     llorar.
        -¡Misail! -dijo-, ¿qué has hecho?
        Se pintaba en su rostro gran desconsuelo. Le caían las lágrimas sobre
     el pecho y en las manos. Apoyó la cabeza en la almohada y prorrumpió en
     sollozos, presa de un gran temblor.
        -¿Has abandonado de nuevo tu empleo? -prosiguió-. ¡Es terrible!
        Sus lágrimas me desesperaban, y yo no sabía qué hacer para consolarla.
        El quinqué, en el que se había acabado el petróleo, estaba a punto de
     apagarse. Sombras fantásticas llenaban mi pobre habitación.
        -¡Ten piedad de nosotras! -me rogó mí hermana, levantándose-. ¡Papá
     sufre tanto por tu culpa! ¡Y yo estoy enferma, no puedo más, me vuelvo
     loca!
        Tendiéndome las manos, me imploró:
        -¡Vuelve a la oficina! ¡Hazlo en memoria de nuestra pobre madre!
        -No puedo, Cleopatra -contesté, sintiendo que mis energías flaqueaban,
     y casi a punto de ceder-. ¡No puedo!
        -Pero ¿por qué? Si no quieres volver a la misma oficina, a causa de tu
     disgusto con el jefe, puedes buscarte otra colocación. ¿Por qué no te
     colocas en las oficinas de ferrocarriles? He hablado esta tarde con Ana
     Blagovo, y me ha asegurado que puedes encontrar en ellas un empleo, para
     lo que se halla dispuesta a ayudarte. ¡Por Dios, Misail, recapacita y haz
     lo que te pedimos!
        Nuestra conversación se prolongó aún un poco, y acabé por capitular.
        -Nunca -dije- se me había ocurrido ingresar en esas oficinas. Probaré.
        Se trataba de una vía férrea en construcción en las cercanías de la
     ciudad.
       Mi hermana se sonrió con alegría al través de sus lágrimas, y me apretó
     la mano. El quinqué se apagó del todo y me dirigí a la cocina en busca de
     petróleo.



     - II -
        Como no había teatro en la ciudad, solían organizarse funciones de
     aficionados, conciertos, cuadros vivos, a beneficio, naturalmente, de los
     pobres.
        Entre los aficionados se distiguía la familia Achoguin, que tenía, como
     nosotros, su morada en la calle de la Nobleza. Casi siempre los
     espectáculos se celebraban en aquel amplio caserón. Los Achoguin pagaban
     todos los gastos y desplegaban gran actividad en los preparativos.
        Era una familia de ricos terratenientes. Poseía en el distrito más de
     tres mil hectáreas de tierra y una hermosa casa de campo. Pero poco amiga
     de la vida campestre, se pasaba todo el año en la ciudad.
        La constituían la madre, una señora alta, delgada, pelicorta, que solía
     llevar, a la usanza inglesa, una falda lisa y una chaqueta hechura sastre,
     y tres hijas. Al hablar de ellas no se las designaba por sus nombres de
     pila, sino que se decía sencillamente: la mayor, la de en medio y la
     pequeña. Las tres eran feas, de barbilla aguda, cortas de vista y tenían
     los ojos oblicuos. Vestían como su mamá. Su voz desagradable, opaca, no
     les impedía tomar parte en los espectáculos. Casi siempre estaban ocupadas
     en preparativos de conciertos, representaciones teatrales, charadas.
     Declamaban, recitaban, cantaban. Las tres eran muy graves y no se sonreían
     nunca; hasta el teatro cómico lo interpretaban de un modo tan serio, si se
     les asignaban papeles en él, que parecían, más que intérpretes de una
     farsa regocijada, tenedores de libros.
        A mí me divertían las funciones de aficionados, sobre todo los ensayos,
     en los que reinaba un gran desorden y solía armarse una algarabía
     infernal, y al final de los cuales se nos convidaba siempre a cenar. Yo no
     tomaba parte alguna en la elección de obras ni en el reparto de papeles.
     Mi trabajo consistía en copiarlos, pintar las decoraciones, apuntar,
     imitar entre bastidores el ruido del trueno, el canto del ruiseñor, etc.
     Como iba mal vestido y carecía de una posición social honorable, me
     mantenía durante los ensayos un poco a distancia de la gente, a la sombra
     de los bastidores y no despegaba los labios.
        Pintaba las decoraciones en el patio de casa de los Achoguin y me
     ayudaba en tal tarea un pintor decorador, o, como se denominaba él mismo,
     un «contratista de obras pictóricas», llamado Andrés Ivanovich. Era un
     hombre de unos cincuenta años, de elevada estatura, muy delgado y muy
     pálido, con la faz rugosa y unas grandes ojeras azules. Su aspecto
     enfermizo me asustaba un poco. Padecía no sé qué dolencia incurable. Con
     frecuencia se ponía a morir, pero guardaba cama unos días y se levantaba
     de nuevo, asombrado él mismo de seguir aún con vida.
        -¡A pesar de todo no me he muerto! -decía.
        En la ciudad le conocían, más que por Ivanov. por Nabó, no sé con qué
     motivo. Como a mí, le gustaba mucho el teatro. En cuanto sabía que se
     preparaba alguna función, dejaba todos sus trabajos y acudía a casa de
     Achoguin, a pintar las decoraciones.
        El día siguiente a mi conversación con mi hermana trabajé en casa de
     Achoguin desde por la mañana hasta el anochecer.
        La hora fijada para el comienzo del ensayo era las siete de la tarde. A
     las seis ya habían llegado cuantos habían de tomar parte en la función.
     Las tres muchachas -la mayor, la de en medio y la pequeña- se paseaban por
     el escenario, cuaderno en mano, recitando sus papeles. Nabó, con un largo
     gabán rojo y una ancha bufanda, miraba, de pie junto a la puerta, al
     escenario, como mira, en un templo, el altar un creyente devoto. La señora
     Achoguin se acercaba ya a uno, ya a otro de los concurrentes y le decía a
     cada cual una cosa agradable. Tenía la costumbre de mirar fijamente a sus
     interlocutores y hablarles en voz baja, como si estuviera conversando de
     un modo muy confidencial.
        -Debe de ser dificilísirno el pintar las decoraciones -me dijo quedito,
     acercándose a mí-. He estado hablando con la señora Mufke de las
     supersticiones arraigadas en nuestra sociedad. ¡Es terrible! No sabe usted
     lo que yo he luchado contra ellas. Para que la servidumbre se dé cuenta de
     lo ridículas que son, mando encender todas las noches tres bujías en mi
     habitación y procuro hacer en día 13 las cosas importantes. La pobre gente
     está segura de que tres bujías y la fecha 13 traen desgracia...
        En aquel momento entró la hija del ingeniero Dolchikov, una rubia muy
     bella, vestida, como se decía entre nosotros, lo mismo que una parisién.
     Nunca tomaba parte en las representaciones; pero en los ensayos se ponía
     siempre en el escenario una silla para ella y no empezaba la función
     mientras ella no llegaba, radiante, elegantísima, y no se sentaba en un
     sillón de primera fila.
        Se la respetaba mucho, como a una persona que había vivido largo tiempo
     en la capital. Sólo ella podía permitirse, durante los ensayos, hacer
     observaciones críticas. Las hacía con una sonrisa de condescendencia y se
     advertía que consideraba el espectáculo un juego inocente de niños.
        Se decía que había estudiado canto en el Conservatorio de Petrogrado y
     hasta que me gustaba mucho, y mis ojos solían no apartarse de ella en todo
     el ensayo.
        Inesperadamente se presentó mi hermana en el escenario, puesto el
     sombrero y el abrigo, y acercándose a mí me dijo:
        -¡Ven!
        La seguí. Detrás del escenario se hallaba Ana Blagovo, también
     ensombrerada.
        Era la hija del vicepresidente de la Audiencia, que residía en la
     ciudad desde hacía un sinfín de años, casi desde el día en que la
     Audiencia se creó. Como era de elevada estatura y muy bien formada, se la
     invitaba siempre a tornar parte en los cuadros vivos. Cuando aparecía en
     ellos vestida de hada o haciendo de estatua de la Gloria, parecía turbada
     en extremo y se ponía colorada hasta la raíz de los cabellos. En las
     funciones de teatro nunca tomaba parte, y rara vez asistía a los ensayos,
     en los que, además, no salía de entre bastidores.
        Aquel día sólo estuvo unos momentos y ni siquiera entró en la sala.
        -Mi padre -me dijo secamente, sin mirarme y ruborizándose- le ha
     recomendado a usted. El señor Dolchikov le ha prometido darle a usted un
     empleo en el ferrocarril. Vaya usted a verle mañana. Estará en casa.
        Yo la saludé y le di las gracias.
        -En cuanto a eso -añadió, señalando al cuaderno de los papeles que yo
     llevaba en la mano-, lo mejor sería que dejase usted de emplear tiempo en
     ello.
        Luego, ella y mi hermana se acercaron a la señora Achoguin, con la que
     hablaron en voz baja durante dos minutos, dirigiéndome frecuentes miradas.
     Parecían deliberar.
        -Si le reclaman a usted -me dijo la señora Achoguin, acercándose a mí y
     mirándome con fijeza- ocupaciones más serias, puede entregar ese cuaderno
     a otra persona. ¡Deje usted eso, amigo mío, y vaya a sus quehaceres!
        Saludé y me fui muy turbado.
        Apenas hube yo salido, vi salir a mi hermana y a la señorita Blagovo.
     Iban hablando con gran calor, probablemente de mí y de mi posible
     regeneración, y caminaban muy de prisa. Se veía que a mi hermana, que
     nunca asistía a los ensayos, le remordía la conciencia el haberse estado,
     en casa de Achaguin, y tenía miedo de que mi padre se enterase.
        Al día siguiente, a cosa de la una de la tarde, me presenté en casa del
     ingeniero Dolchikov.
        Me acompañó un criado a un hermoso aposento, que era al mismo tiempo el
     salón y el cuarto de trabajo del ingeniero. Todo era allí agradable,
     elegante y producía una impresión extraña en quien, como yo, no estaba
     acostumbrado a ver un lujo parecido. Ricos tapices, amplios sillones,
     cuadros con marcos de terciopelo, bronces. Se veían en las paredes
     retratos de bellas mujeres de rostro inteligente, en actitudes descocadas.
     Una puerta de cristales ponía la estancia en comunicación con una gran
     terraza cuyas escalinatas bajaban a un ameno jardín. En la terraza se veía
     una mesa servida para el almuerzo adornada con profusión de rosas y lilas
     y bien provista de botellas.
        Flotaba en el aire el aroma de un cigarro habano. Sonreían allí el sol,
     la prirnavera y la felicidad. Se advertía que en aquella casa moraban el
     contento, la satisfacción, la ventura.
        Ante la mesa de despacho estaba sentada, leyendo un periódico, la hija
     del ingeniero.
        -¿Quiere usted ver a mi padre? -me preguntó-. Está bañándose y no
     tardará en salir. Tenga la bondad de sentarse.
        Me senté.
        -Usted vive en la casa de enfrente, ¿verdad? -me dijo, tras un corto
     silencio.
        -Sí.
        -Algunas veces me distraigo mirando por la ventana -continuó, sin
     apartar la vista del periódico- y los veo a usted y a su hermana. Su
     hermana de usted tiene una cara muy simpática, una cara leal y seria.
        En aquel momento entró Dolchikov frotándose el cuello con una toalla.
        -Papá, el señor Poloznev te espera hace un ratito.
        -Sí; Blagovo me ha hablado de él -contestó el ingeniero, volviéndose a
     mí sin tenderme la mano-. Pero no puedo ofrecerle nada. No tengo plazas.
        Se detuvo frente a mí y me dijo, con un tono tan poco amable que
     parecía reñirme:
        -¡Son ustedes una gente extraña, señores! Todos los días vienen una
     porción de caballeros a pedirme empleos, como si yo fuera un ministro. Yo,
     señores, no dispongo de empleos para intelectuales, es decir, para
     personas que sólo saben emborronar papel. En la vía férrea que estoy
     construyendo lo que necesito son mecánicos, cerrajeros, ingenieros,
     carpinteros, no escritores. ¡Conmigo hay que trabajar duramente y no
     burocratear! ¿Estamos?.
        Su persona producía la misma impresión de felicidad, de bienestar, que
     todo cuanto le rodeaba. Grueso, vigoroso, de carrillos rojos, de pecho
     ancho, limpia y fresca la piel recién enjugada, vestido con una ancha
     blusa de seda y unos holgados pantalones, parecía un cochero de opereta.
     Tenía los ojos claros e inocentes, la nariz aguileña, ni un solo cabello
     blanqueaba en su perillita redonda.
        -¿Qué saben ustedes hacer? -prosiguió-. ¡No saben ustedes hacer nada
     los intelectuales! Yo, sin ir más lejos, soy ahora ingeniero, gozo de
     buena posición; pero antes de llegar a esto he pasado por todas las
     miserias, he trabajado como simple maquinista, he sido dos años, en
     Bélgica, fogonero de locomotora. ¿Usted para qué sirve, para qué trabajo
     se considera útil?
        -Sí; tiene usted razón -repuse, muy turbado ante la mirada severa de
     sus ojos claros e inocentes.
        -Al menos, ¿sabe usted manejar el aparato telegráfico? -me preguntó,
     tras una corta reflexión.
        -Sí; he estado empleado en Telégrafos.
        -Bueno... Ya veremos. Por de pronto puede usted salir para Dubechnia.
     Allí tengo ya un empleado; pero no vale nada.
        -¿En qué consistirá mi trabajo?
        -Ya decidiremos. Váyase. Daré órdenes. Pero se lo prevengo: no se me
     emborrache y no me moleste con peticiones; pues de lo contrario le
     despediré.
        Y se sentó en una butaca sin hacerme siquiera una inclinación de
     cabeza. La conversación había terminado. Saludé al ingeniero y a su hija y
     me fuí.
        La impresión que me produjo tal entrevista no pudo ser más deprimente.
     Cuando llegué a casa y mi hermana me preguntó cómo me había recibido el
     señor Dolchikov, no tuve alientos para pronunciar ni una palabra: tan
     abatido estaba.
        Al día siguiente me levanté antes de salir el sol para irme a
     Dubechnia. Nuestra calle estaba completamente desierta. Todo el mundo
     dormía aún, y mis pasos resonaban ruidosos y aislados en el silencio
     matutino. Las acacias, cubiertas de rocío, impregnaban el aire de una
     deliciosa fragancia.
        Yo estaba triste y sentía en el alma tener que dejar la ciudad. La
     amaba mucho y me parecía bella y cómoda. Me placían el verdor de sus
     calles, sus dulces mañanas soleadas, el campaneo de sus iglesias. Sólo la
     gente que vivía en ella me era extraña, desagradable, odiosa a veces. Ni
     la amaba ni la comprendía.
        No acertaba a explicarme por qué y cómo vivían aquellos sesenta y cinco
     mil habitantes. Sabía que Tula fabrica samovares y fusiles, que Moscú es
     un centro importante de producción, que Odesa es un gran puerto de mar;
     pero ignoraba el papel de nuestra ciudad en el mundo y la razón de su
     existencia.
        Los vecinos de la calle de la Nobleza y de dos o tres calles más vivían
     de sus rentas y de los sueldos que cobraban como empleados del Estado;
     pero los de las otras calles que se extendían paralela y
     perpendicularmente en un área de tres kilómetros ¿de qué diablos
     vivían?... Esto era para mí un enigma. Vivían, eso sí, de una manera
     repugnante. No había en la ciudad ni un buen jardín público, ni un teatro,
     ni siquiera una mediana orquesta. Aunque poseíamos dos bibliotecas -una
     del Municipio y otra perteneciente al Casino-, no las solían visitar sino
     jóvenes israelitas, y las revistas permanecían meses enteros sin abrir.
     Gente rica, hasta intelectual, dormía en alcobas angostas, se acostaba en
     camas de madera llenas de chinches; los cuartos de los niños eran
     verdaderas pocilgas; la servidumbre dormía en la cocina, sin más lecho que
     el suelo, y se abrigaba con harapos. La alimentación era mala,y poco
     abundante en la mayoría de las casas.
        En el Consejo Municipal, en el Gobierno, en el Palacio Episcopal se
     hablaba sin cesar de la necesidad de dotar de aguas a la ciudad, donde las
     que había eran escasas y malsanas; pero se tropezaba con la falta de
     dinero. Sin embargo, había entre nosotros millonarios que perdían en una
     sola noche miles de rublos en el juego y que también ellos bebían agua
     insalubre, sin ocurrírseles siquiera hacer un pequeño sacrificio
     pecuniario en beneficio de la población.
        Yo no podía concebirlo: estando en su mano favorecer la ciudad con
     notables mejoras, ponían el grito en el cielo porque el Gobierno le negaba
     un crédito al Ayuntamiento.
        Entre todos los vecinos que yo conocía no había un hombre honrado. Mi
     padre recibía subvenciones, y se figuraba que se las daban por su bella
     cara; los estudiantes, para que los profesores no los tratasen con
     demasiada severidad en los exámenes, solicitaban de ellos clases
     particulares, que les pagaban carísimas; la señora del gobernador militar
     recibía fuertes sumas por que su marido librase a los mozos del servicio,
     y además se hacía llevar los mejores vinos y tomaba unas borracheras
     escandalosas; los médicos aprovechaban cuantas ocasiones se les ofrecían
     de medrar a costa del pueblo, y el del Municipio, por ejemplo, recibía
     regalos de casi todos los carniceros cuyos establecimientos estaba
     obligado a inspeccionar. En todas partes se consideraba al solicitante un
     ser cuya misión era la de pagar, y en el Ayuntamiento, en las escuelas, en
     las oficinas se le engañaba, se le vendían certificados falsos, se hacía
     todo lo posible por sacarle los cuartos.
        Y la pobre gente sabía muy bien que sin una gratificación no se podía
     conseguir nada, y pagaba a los empleados su tributo de cientos de rublos,
     y a veces hasta de treinta o cuarenta «copecks».
        Los que no tomaban gratificaciones -por ejemplo, los jueces o el
     fiscal-, eran altivos, fríos, de ideas estrechas; trataban a la gente con
     desdén; jugaban, bebían; sólo se casaban con muchachas ricas, y su influjo
     en la sociedad no era nada beneficioso.
        Únicamente las doncellas eran puras de alma. Casi todas tenían
     aspiraciones nobles y un corazón limpio y entusiasta; pero no comprendían
     la vida; su concepto del mundo pecaba de cándido; reputaban normal cuanto
     pasaba en torno suyo. Luego, de casadas, envejecían de un modo prematuro y
     se hundían en el cieno de una existencia gris, vulgar.



     - III -
        El camino de hierro en construcción cerca de la ciudad atraía gran
     número de obreros. Las vísperas de fiesta se paseaban por las calles en
     nutridos grupos, atemorizando a los indígenas. A veces, cometían robos.
     Era frecuente verlos, con la cara cubierta de sangre, destocados, la blusa
     hecha jirones, conducidos al puesto de policía por haber hurtado un
     samovar o una pieza de ropa tendida.
        Sus lugares predilectos eran los mercados y las tabernas. En la anchura
     abierta a los cielos de las plazas públicas comían, bebían, gritaban,
     juraban. En cuanto veían una mujer de conducta no muy austera la saludaban
     con un coro de agudos silbidos.
        Los lonjistas, para divertirlos, les daban «vodka» a los gatos y a los
     perros, o ataban a la cola de un can una lata vacía y asustaban con
     grandes gritos al pobre animal, que, aterrorizado, corría que se las
     pelaba, chillando y moviendo con la lata un infernal estrépito, en la
     creencia, sin duda, de que le perseguía un rnonstruo, y no paraba hasta
     las afueras, adonde llegaba sin aliento. No pocas veces la cerril
     diversión acababa volviéndose el can loco.
        La estación se había emplazado a cinco verstas de la ciudad. Se decía
     que los ingenieros le habían pedido al Ayuntamiento cincuenta mil rublos
     para hacer pasar el camino de hierro por la ciudad, y que el Ayuntamiento
     no había querido dar más que cuarenta mil, lo que había sido causa de que
     las negociaciones fracasaran y la línea se construyese a gran distancia de
     la población. Luego, el Ayuntamiento lamentó no haber aceptado las
     proposiciones de los ingenieros; pues se vio obligado a hacer un camino
     hasta la estación, lo cual era mucha más caro.
        La línea estaba ya casi terminada; los rieles y las traviesas
     colocados. Pequeños trenes cargados de materiales de construcción y de
     obreros circulaban ya. Sólo faltaban los puentes, de cuya construcción
     estaba encargado el ingeniero Dolchikov. Muchas estaciones también estaban
     edificándose aún.
        La de Dubechnia era la más próxima a la ciudad, de la que distaba diez
     y siete verstas.
        Yo avanzaba sin apresurarme. Los campos verdeaban a uno y otro lado del
     camino. Todo estaba inundado de sal. El paisaje era agradable, pintoresco.
     A lo lejos se divisaban la estación, algunas colinas, unas cuantas casas
     de campo.
        Yo respiraba a pleno pulmón y me sentía feliz. Procuraba no pensar en
     nada, para saborear más por entero aquellas horas de libertad. Desechaba
     todo pensamiento relacionado con mi padre, con el ingeniero Dolchikov, con
     el empleo que me esperaba en Dubechnia. ¡Ah, si fuera posible no estar
     sujeto al hambre! Entonces podría uno ser libre como un pájaro. El hambre
     era mi más terrible enemigo. Cuando tenía hambre, el deseo impetuoso de
     llenar la barriga turbaba mis mejores pensamientos.
        Aquella mañana, por ejemplo, todo era en torno mío bello,
     resplandeciente; estaba yo solo en mitad de los campos sin límites, miraba
     cernirse en el aire una alondra canora... y pensaba: «¡Con qué gusto me
     comería un pedazo de pan con manteca!»
        Sentado un instante a la orilla del camino, quería entregarme de lleno
     al deleite de aspirar la fresca brisa matinal, y -¡ay!- de pronto se me
     venía a la imaginación el olor delicioso de las patatas fritas.
        Era robusto, corpulento, y tenía un apetito de lobo; pero rara vez
     podía satisfacerlo, y casi siempre estaba hambriento. Quizá debido a eso
     no ha extrañado nunca que la gente del pueblo hable de comer casi
     constantemente y sólo piense en el pan cotidiano. El hambre es el motor
     principal de la actividad humana.
     . . . . . . . . . .
        En Dubechnia estaba terminándose la edificación de la estación. Ya
     había comenzado a alzarse el piso superior. En el inferior trabajaban los
     pintores.
        Hacía un calor horrible. Los obreros trabajaban sin energía enervados
     por el ardor del sol. Algunos estaban sentados, dormitando, sobre montones
     de ladrillos y piedras, y el sol les quemaba la cara.
        Ni un árbol en una gran distancia. El hilo del telégrafo, sobre el que
     reposaban algunos pajarillos, sonaba con un rumor monótono.
        Empecé a vagar por entre los montones de materiales sin saber lo que
     debía hacer. Recordaba que el señor Dolchikov, cuando le pregunté cuál era
     mi obligación en Dubechnia, me había contestado: «Ya veremos.» Yo no veía
     nada. ¿Que podía ver en aquel desierto, entre aquellos montones de
     materiales en desorden?
        Poco a poco la fatiga y el fastidio fueron adueñándose de mí. Las
     piernas apenas me obedecían y sentía un deseo creciente de agazaparme en
     un rincón.
        Después de ir y venir durante dos horas por los alrededores de la
     estación, paré mientras en una serie de postes telegráficos que se alejaba
     y desaparecía, a unas dos verstas de distancia, tras una tapia blanca. Los
     obreros me dijeron que allí estaban las oficinas, y caí al fin en la
     cuenta de que allí era adonde debía dirigirme.
        A los veinte minutos me hallaba a la puerta de las oficinas.
        Estaban instaladas en una vieja casa de campo abandonada hacía mucho
     tiempo. Las paredes estaban medio en ruinas, y el tejado, cubierto de orín
     y lleno de remiendos. En torno del edificio se extendía un gran patio que
     parecía, una pradera pues verdeaba la hierba en él por todas partes. A
     derecha e izquierda veíanse dos pabelloncitos parejos en tamaño y
     construcción. En uno de ellos, las ventanas estaban cubiertas con tablas,
     y diríanse unos ojos ciegos. Junto al otro, cuyas ventanas se hallaban
     abiertas, había ropa secándose al sol, colgada de una cuerda, y se
     paseaban unos ternerillos. El último poste telegráfico se alzaba dentro
     del patio, y el hilo penetraba, por una ventana, en uno de los pabellones.
        La puerta estaba abierta, y entré. Ante una mesa sobre la que había un
     aparato de telegrafía estaba sentado un señor de cabello obscuro y rizoso,
     con una larga blusa blanca.
        Levantó la cabeza y me miró severamente; pero en seguida una sonrisa
     iluminó su rostro.
        -¡Calla! ¿Eres tú, Poloznev?
        Yo también le reconocí al punto. Era Iván Cheprakov, un compañero de
     Liceo. Le habían expulsado, cuando cursaba segundo año, porque le
     sorprendieron fumando.
        No olvidaré nunca mis excursiones cinegéticas en su compañía. Cazábamos
     pájaros y luego los vendíamos en el mercado. Acechábamos horas enteras, en
     otoño, las bandadas que huyendo del filo emigraban a países más cálidos, y
     hacíamos en ellas estragos valiéndonos de pequeños cartuchos. Muchos de
     los pobres pájaros heridos morían entre nuestras manos; otros curaban y
     los vendíamos, haciéndolos pasar por machos aunque no lo fuesen.
        Cheprakov era de constitución débil; tenía el pecho angosto, la espalda
     encorvada, las piernas largas. Vestía con un gran descuido. Llevaba la
     sucia y estrecha corbata mal anudada; no usaba chaleco; sus botas
     sobrepujaban en vejez a las mías. Sus movimientos eran bruscos, nerviosos:
     se estremecía a cada instante como si siempre se encontrase bajo el
     imperio del miedo. Hablaba de un modo incoherente y se inverrumpía con
     frecuencia.
        -Oye... ¿Qué iba yo a decirte?... No me acuerdo...
        Despaciosamente me puso en autos de todo lo relativo a Dubechnia. Me
     contó que la finca donde me hallaba, a la sazón pertenecía a sus padres, y
     que el otoño anterior había sido adquirida por el ingeniero Dolchikov, el
     cual opinaba que era mucho más ventajoso poseer tierras que guardar el
     dinero en el Banco, y había ya comprado en nuestra región tres grandes
     fincas. La madre de Cheprakov -su padre había muerto hacía mucho tiempo-
     no había consentido en vender Dubechnia sino con la condición de poder
     habitar durante dos años después de la venta en uno de los pabellones.
     Además, Dolchikov le había dado una colocación a mi amigo en la oficina.
        -Ha hecho un magnífico negocio comprando Dubechnia -dijo Cheprakov- Es
     un cuco. Sabe sacar provecho de todo.
        Luego me llevó a su pabellón a almorzar.
        -Vivirás conmigo en mi pabellón -decidió de pronto-. Comerás con
     nosotros. Aunque mi madre es avara, no te hará pagar demasiado.
        Las habitaciones que habitaba su madre eran muy reducidas. Estaban
     atestadas de muebles que se habían transportado allí de la casa grande
     después de la venta de la finca. Hasta en el vestíbulo y en el pasillo
     había numerosas mesas, sofás y butacas. El mobiliario era viejo, de caoba.
        La señora Cheprakov, una dama corpulenta y anciana, hallábase sentada
     en un gran sillón, junto a la ventana, y hacía calceta. Me recibió con un
     empaque presuntuoso.
        -Te presento, mamá, a mi amigo Poloznev -le dijo su hijo-, que va a ser
     empleado aquí.
        -¿Es usted noble? -me preguntó ella.
        Sí -repuse.
        -Tenga la bondad de sentarse.
        El almuerzo dejó mucho que desear. Se compuso de un pastel de queso
     amargo y una sopa en leche.
        La señora Cheprakov guiñaba de vez en cuando, ora un ojo, ora otro.
     Eran movimientos involuntarios y morbosos. Había un no sé qué en toda ella
     que anunciaba una muerte próxima. Hasta se me antojaba que olía a cadáver.
     La vida estaba casi apagada en aquella mujer, en la que lo único que
     sobrevivía era la idea de su nobleza, de los muchos siervos que tuvo en
     otro tiempo, de su calidad de viuda de un general y de su derecho, por
     tanto, a ser tratada de excelencia. Cuando se acordaba de todo eso, su
     cuerpo semimuerto se animaba un poco, y le decía a su hijo:
        -Juan, ¿has olvidado cómo se coge el cuchillo?
        A mí me hablaba con un acento afectado de gran señora.
        -Sabrá usted por Juan que hemos vendido la finca. Es sensible, pues le
     teníamos mucho cariño. Pero Dolchikov ha prometido nombrar a mi hijo jefe
     de la estación, y seguiremos viviendo aquí... El señor Dolchikov es muy
     bueno. Y guapo, ¿verdad?
        Hasta no mucho tiempo antes, la familia Cheprakov había sido muy rica;
     pero después de la muerte del general había poco a poco venido a menos. La
     señora Cheprakov empezó a armar pleitos con sus vecinos, a querellarse por
     cualquier motivo ante los tribunales, a reñir con los proveedores y los
     obreros, a quienes no quería pagar. Siempre desconfiada, sospechando
     siempre que intentaban robarle, su estúpida administración dio al cabo al
     traste con su fortuna. A los pocos años de la muerte del general,
     Dubechnia se hallaba en un estado desastroso y no parecía la misma finca.
        Tras la casa grande había un viejo jardín descuidado, abandonado,
     cubierto de una vegetación salvaje.
        Subí a la terraza, todavía muy hermosa y bien conservada. A través de
     una puerta vidriera vi una vasta estancia -el salón, a lo que induje- en
     la que había un piano antiguo y grandes lienzos patinosos con marcos de
     caoba, restos de lujos pretéritos.
        En el jardín, al otro lado de la terraza y no lejos de ella, veíanse
     algunos cuadros de amapolas y de claveles medio secos, y numerosos
     abedules y unos jóvenes, que solían crecer demasiado cerca unos de otros y
     se quitaban espacio mutuamente.
        Más allá no había otros árboles que algunos cerezos, manzanos y
     perales, dispersos entre la hierba que hacían del jardín un prado, y tan
     altos y copudos que no era empresa fácil reconocer a primera vista su
     especie.
        Se advertía que nadie cuidaba del parque, cuyas plantas estaban
     enfermas, roídas por los gusanos, mutiladas. La parte donde se hallaban
     los cerezos, los manzanos y los perales la tenían alquilada unos fruteros
     de la ciudad y la guardaba un campesino medio imbécil que habitaba allí
     mismo, en una barraca.
        El jardín descendía por aquella parte hasta el río y lo limitaba una
     línea de sauces y cañas. En la ribera había un viejo molino, con tejado de
     paja, que producía un ruido ensordecedor como si le poseyese una gran
     cólera. Junto al molino, el agua era profunda e inquieta y abundaba la
     pesca.
        En la ribera opuesta agrupábase el caserío de la aldehuela de
Dubechnia.
        Era un lugar poético y pintoresco. A la sazón pertenecía todo aquello
     al ingeniero Dolchikov.
     . . . . . . . . . .
        Comencé mi nuevo servicio.
        Sentado ante el aparato telegráfico, descifraba numerosos despachos que
     transmitía a las estaciones próximas; copiaba gran cantidad de informes
     que se nos dirigían, redactados en un estilo terrible, por empleados que
     apenas sabían escribir.
        Pero la mayor parte del tiempo no tenía nada que hacer y me paseaba a
     lo largo de la habitación, en espera de telegramas. A veces dejaba en mi
     puesto a un muchacho para vigilar el aparato y me iba a vagar por el
     jardín mientras que mi sustituto no me anunciaba la llegada de un
despacho.
        Comía en casa de la señora Cheprakov, cuya mesa era bastante mala. Sólo
     muy raras veces se servía carne: casi todos los componentes del «menú»,se
     reducían a queso y sopa en leche. Los miércoles y viernes -días de ayuno-
     las comidas eran aún más parcas. La señora Cheprakov me miraba guiñando
     morbosamente los ojos, y yo no me sentía a gusto en su compañía.
        Como había tan poco trabajo en la oficina, Cheprakov no hacía nada en
     absoluto. Empleaba el tiempo en dormir o se iba, escopeta en mano, a la
     orilla del río a cazar gansos. Por la noche se emborrachaba en la aldea o
     en la estación, donde se vendía «vodka» y volvía a casa tambaleándose, y
     antes de acostarse se miraba largo rato al espejo, entablando coloquios
     consigo mismo.
        -Buenas noches, Iván Cheprakov -se decía- ¿Qué tal?
        Cuando se emborrachaba se ponía muy pálido, se frotaba las manos y
     lanzaba leves carcajadas. Algunas veces se quedaba en pelota y corría por
     el jardín como Dios le echó al mundo. En más de una ocasión le vi cazar
     moscas y le oí asegurar que estaban exquisitas.
        -¡Están un poco agrias -añadía-, pero no importa!



     - IV -
        Un día, después de almorzar, entró en mi cuarto, jadeante, y me gritó:
        -¡Ven en seguida! ¡Tu hermana está ahí!
        Salí corriendo.
        En efecto: ante la casa grande había parado un carruaje, junto al cual
     se hallaban mi hermana, Ana Blagavo, y un señor con uniforme de oficial.
     Cuando estuve cerca le reconocí: era el hermano de Ana Blagovo, un joven
     médico militar.
        -Hemos venido -me dijo- a merendar con usted. ¿Aprueba usted la idea?
        Mi hermano y su amiga se advertía que deseaban preguntarme qué tal
     estaba allí; pero me miraban sin hablarme. Yo también guardaba silencio.
     Comprendieron que distaba mucho de ser feliz. Los ojos de mi hermana se
     llenaron de lágrimas, y la señorita Blagovo se puso un poco colorada.
        Nos dirigimos al jardín. El doctor marchaba delante, y decía a cada
     momento con entusiasmo:
        -¡Dios mío, qué atmósfera, qué deliciosa atmósfera! Se respira a pleno
     pulmón...
        Su aspecto era tan juvenil que se le podía tomar por un estudiante. Su
     manera de hablar y de andar eran de estudiante también, y la mirada viva,
     sencilla y franca de sus ojos grises no tenía nada que envidiarle a la de
     un buen estudiante idealista. Junto a su hermana, alta y hermosa, parecía
     débil y exiguo. Su perilla era poco poblada y su voz no muy varonil,
     aunque agradable.
        Estaba de médico en un regimiento, en una ciudad lejana, y había venido
     a pasar las vacaciones en casa de su padre. Decía que para el otoño se
     iría a Petersburgo a obtener el diploma de profesor.
        Era ya padre de familia. Tenía mujer y tres hijos. Se había casado muy
     joven, siendo aún estudiante de segundo año. Se decía en la ciudad que no
     era feliz en su matrimonio y que vivía separado de su mujer.
        -¿Qué hora es?.-preguntó con inquietud mi hermana-. Tenemos que volver
     temprano. Papá me ha dicho que esté en casa a las seis.
        -¡Dios mío, siempre su papá -suspiró el doctor.
        Puse a hervir agua en el samovar. Tomamos el té sobre una alfombra que
     extendí en el jardín, frente a la terraza. El doctor bebía de rodillas y
     aseguraba encontrar en ello un hondo placer.
        Luego, Cheprakov fue a buscar la llave de la casa grande, abrió la
     puerta que daba a la terraza y entramos todos. Reinaban en el caserón las
     sombras y el misterio; olía a setas, y nuestros pasos resonaban sordamente
     como si bajo nuestros pies hubiese una profunda cueva.
        El doctor se aproximó al piano y, sin sentarse, paseó los dedos por el
     teclado. Le respondieron algunos sonidos débiles, tremantes, roncos, pero
     todavía melodiosos. Luego tarareó una romanza e intentó tocar el
     acompañamiento, lo que no consiguió, pues a veces oprimía en vano las
     teclas: algunas notas estaban paralizadas.
        Mi hermana le escuchaba cantar. Ya no se preocupaba de volver a casa
     temprano. Conmovida, turbada, iba y venía por el salón y decía de cuando
     en cuando:
        -¡Qué contenta estoy, qué contenta!
        Lo decía como con asombro, como si le pareciese inverosímil poder
     también ella estar alegre. En efecto, era la primera vez en la vida que yo
     la veía de aquel humor. Estaba hasta más bella.
        En puridad -sobre todo de perfil-, no era bonita; su nariz y su boca le
     daban una expresión un poco extraña, semejante a la de quien está
     soplando; pero tenía unos hermosos ojos negros; en su faz, bondadosa y
     triste, había una palidez delicada, exquísita; el verla hablar producía
     una impresión muy grata; diríase que se embellecía cuando hablaba. Ambos
     nos parecíamos a nuestra difunta madre: éramos fuertes, anchos de
     espaldas, vigorosos; pero mi hermana hacía tiempo que estaba descolorida y
     enfermiza tosía con frecuencia, y yo a veces sorprendía en sus ojos la
     expresión de las gentes heridas de muerte que se esfuerzan en ocultar su
     enfermedad.
        En la alegría que manifestaba aquella tarde había algo de ingenuo, de
     infantil. Se diría que en su alma había despertado de pronto el júbilo de
     los primeros años de la niñez que había procurado ahogar una educación
     severa. Me parecía asistir a la resurrección de tal contento y a su lucha
     por romper las cadenas que hasta entonces lo habían sujetado. No había
     visto nunca así a mí hermana. Pero cuando empezó a anochecer y el carruaje
     estuvo dispuesto para retornar con mis visitantes a la ciudad, mi hermana
     enmudeció de pronto y se puso muy triste. Ocupó su sitio en el coche con
     el aire abatido de un reo al sentarse en el banquillo.
        Se fueron y de nuevo tornó el silencio en torno mío.
        Recordando que Ana Blagovo no me había dirigido en toda la tarde la
     palabra, pensé: «¡Qué muchacha más extraña!»
        Los días sucedíanse monótonos, iguales los unos a los otros. Yo me
     aburría terriblemente. La ociosidad, unida a la ignorancia en que me
     encontraba en lo tocante a mi situación, gravitaba pesadamente sobre mí.
     Descontento de mí mismo, inerte, casi siempre con hambre, pues la
     alimentación que me daba la señora Cheprakov era insuficiente, vagaba por
     la finca esperando con ansia el momento propicio para irme de allí.
        Una tarde, encontrándose en nuestro pabellón el pintor Nabó, llegó, de
     un modo inesperado, el ingeniero Dolchikov. Venía tostado por el sol y
     cubierto de polvo. El viaje hasta Dubechnia lo había hecho en una
     locomotora, y desde la estación había venido a pie.
        Mientras llegaba el coche que debía conducirle a la ciudad, pasó
     revista a toda la finca, dando, a grandes voces, diferentes órdenes.
     Después se sentó en nuestro pabellón y empezó a escribir cartas. Durante
     ese tiempo llegaron algunos despachos dirigidos a él, a los que contestó
     expidiendo él mismo sus respuestas. Nosotros permanecíamos en pie, en una
     actitud respetuosa.
        -¡Qué desorden, Dios mío, qué desorden! -dijo después de un corto
     examen de los papeles que había sobre la mesa-. Dentro de dos semanas
     transportaré la oficina a la estación, y, verdaderamente, no sé qué haré
     de ustedes...
        -Yo procuro hacer mi servicio lo mejor posible, excelencia -contestó
     Cheprakov.
        -No lo veo -replicó Dolchikov-. Lo único que les interesa a ustedes-
     añadió mirándome a mí- es recibir dinero. Ponen ustedes todas sus
     esperanzas en la protección y sólo piensan en hacer rápidamente carrera.
     Pero a mí no me gusta eso. Yo nunca me he valido de la protección. Antes
     de ser lo que ahora soy he sido, maquinista y trabajado rudamente en
     Bélgica.
        Luego se volvió a Nabó y le preguntó:
        -¿Y tú qué hacías aquí? ¿Bebíais juntos «vodka»?
        Su acento era desdeñosísimo: despreciaba a los pobres y los calificaba
     de canallas, inútiles y borrachos. Con los pequeños empleados era cruel;
     los condenaba a multas sin piedad alguna, y los despedía por un quítame
     allá esas pajas. Por fin llegó el coche.
        Antes de irse, el ingeniero nos amenazó con echarnos a las dos semanas,
     nos dirigió unas cuantas palabras severas a cada uno y, sin decir siquiera
     adiós, le gritó al cochero que arrease.
        -Andrés Ivanovich -le dije a Nabó-, permítame trabajar con usted.
        -¿Por qué no? ¡Vamos!
        Y echamos a andar ambos en dirección a la ciudad.
        Cuando la finca y la estación se quedaron atrás, le pregunté al pintor:
        -Andrés Ivanovich, ¿a qué ha venido usted a Dubechnia?
        -Negocios, muchacho. Algunos de mis obreros trabajan en el camino de
     hierro. Además, tenía que pagarle a la generala Cheprakov los intereses.
     El año pasado me prestó cincuenta rublos a condición de que le pagase un
     rublo cada mes.
        Se detuvo, me cogió un botón de la americana, me miró fijamente y
     añadió con el tono solemne de un predicador:
        -¿Quiere usted que le diga una cosa, querido? Un hombre sencillo o
     avisado que se hace pagar intereses, aunque sean muy pequeños, es un
     criminal. Un hombre así se encuentra a mil verstas de la verdad. ¿Tengo
     razón o no la tengo?
        ¿Cómo iba yo a negarle que la tenía? Miraba su rostro enjuto, pálido,
     enfermizo, y callaba.
        -¡Cuánto pecado comete la gente! -exclamó, cerrando los ojos-. ¡Que
     Dios la perdone! Todo somos pecadores...



     - V -
        Nabó carecía en absoluto de sentido práctico, y nunca sabía poner sus
     propósitos de acuerdo con su posibilidad de cumplirlos. Aceptaba mucha más
     trabajo del que le era dable ejecutar, y pasaba ratos muy malos; con
     frecuencia no tenía bastante dinero para pagar a sus obreros, y muy a
     menudo no sólo no ganaba nada para él, sino que perdía. Se encargaba de
     cuantos trabajos se le proponía: pintaba paredes, ponía cristales en las
     ventanas, construía tejados. Para un encargo sin importancia corría días
     enteros a través de la ciudad, en busca de obreros.
        Era un trabajador excelente, y ganaba, trabajando solo como un obrero,
     hasta diez rublos diarios. Pero prefería ser contratista, lo que halagaba
     su ambición, y con ese motivo luchaba siempre con innumerables
     dificultades y vivía en la miseria.
        Me pagaba, como a les demás obreros, de setenta «copecks» a un rublo
     por día.
        Cuando el tiempo era bueno y seco, nos dedicábamos a trabajos
     exteriores, principalmente en los tejados. Debido a mi falta de costumbre,
     me parecía que el cinc de éstos me quemaba los pies. Probé a trabajar con
     botas; pero eso no me permitía andar bien, y no tardé en seguir trabajando
     descalzo. En poco tiempo me acostumbré de tal manera que no sentía
     molestia alguna.
        En fin, yo estaba muy contento de mi nueva vida. Vivía entre gente que
     consideraba el trabajo obligatorio, indispensable, y trabajaba como las
     bestias de carga, con frecuencia sin darse cuenta de la significación
     moral que el trabajo posee, y hasta sin llamarle trabajo.
        Junto a esa gente yo mismo me iba tornando poco a poco en una bestia de
     carga, cada día más penetrado de que el trabajo es una cosa obligatoria,
     inevitable. Tal convicción me hacía la vida más sencilla y fácil y me
     libraba, de cavilaciones.
        Al principio todo era nuevo e interesante para mí como si acabase de
     nacer. Podía darme el gusto de acostarme en tierra y de andar descalzo,
     cosas con que gozaba mucho; podía mezclarme a una muchedumbre de gente
     sencilla sin cohibirla y sin que se apartase ante mí; cuando veía en la
     calle un caballo caído, podía acudir en ayuda del cochero, para que lo
     levantase, sin temor de ensuciarme la ropa.
        Pero lo que me regocijaba sobre todo era el vivir de mi propio trabajo
     y no tener que vivir a expensas de otro.
        La pintura de los tejados era un negocio muy ventajoso; se ganaba mucho
     con ese trabajo desagradable y fastidioso. Mi nuevo amo, Nabó, trabajaba
     él mismo con nosotros en los tejados. Con unos pantalones muy cortos que
     dejaban al aire sus pantorrillas sucias de pintura, flaco como una
     espátula, se paseaba por el tejado, brocha en mano, suspirando y
     repitiendo:
        -¡Pobres de nosotros los pecadores!
        Andaba por el tejado con la misma facilidad que por un pavimento.
     Cuando trabajaba en las cúpulas de las iglesias, a una gran altura, sólo
     se valía de cuerdas, a las que se ataba. Viéndole trabajar a tan
     desmesurada altura sin las precauciones necesarias, yo me atemorizaba en
     extremo; pero él no tenía miedo ninguno, parecía estar completamente a
     gusto y de cuando en cuando lanzaba, a voz en cuello, una de sus frases
     favoritas:
        -¡Pobres de nosotros los pecadores!
        O bien:
        -¡La mentira devora el alma como el orín devora el hierro!
        Al volver a casa por la noche tras la jornada de trabajo, y pasar por
     delante de las tiendas, oía con frecuencia chirigotas en boca de tenderos
     y dependientes:
        -¡Ahí tenéis a un caballero, a un noble descalzo!
        Al principio eso me turbaba, me ofendía; pero poco a poco aprendí a
     acoger con calma tales burlas. Y cosa extraña: quienes más
     encarnizadamnente me hacían objeto de sus mofas eran aquellos que en otro
     tiempo se habían visto obligados a trabajar de un modo rudo. Muchas veces,
     cuando pasaba por delante del mercado me tiraban, como sin querer, agua, y
     un día un tenderillo llegó a tirarme un palo a los pies. Un pescadero
     anciano de luenga barba blanca me dijo una vez, mirándome con odio:
        -¡No eres tú el digno de lástima, canalla, sino tu pobre padre!
        Los amigos de casa, cuando me encontraban, no podían disimular su
     azoramiento. Unos me miraban como a un extraño; otros me compadecían;
     otros no sabían qué actitud adoptar ante mí.
        Un día, en una callejuela que desembocaba en la calle de la Nobleza, me
     topé con Ana Blagovo. Iba a mi trabajo y llevaba un saco de pintura y dos
     largas brochas. Al reconocerme, la amiga de mi hermana se ruborizó:
        -¡Le suplico a usted que no me salude en la calle! -me dijo con voz
     alterada, dura y temblorosa, sin tenderme la mano.
        En sus ojos brillaban las lágrimas.
        -Si cree usted obrar bien, haga lo que quiera; pero... se lo ruego: no
     vuelva a saludarme.
        Naturalmente, no seguí viviendo en casa de mi padre; vivía en el
     arrabal de la ciudad llamado «Makarija» en casa de mi anciana nodriza,
     Karpovna, una vieja de muy buen corazón, pero de un carácter sombrío.
     Siempre estaba hablando de presentimientos nefastos y de malos sueños;
     hasta las abejas que entraban del jardín se le antojaban signo de
     desgracias próximas a ocurrir.
        El hecho de que yo me convirtiese en un simple obrero fue también para
     ella un presagio siniestro.
        -¡Eres un desgraciado! ¡Esto acabará mal! -repetía, balanceando
     tristemente la cana cabeza-. Me da el corazón...
        En su reducida casuca vivía también su hijo adoptivo, Prokofy, un
     carnicero. Era un hombre casi gigantesco, de unos treinta años,
     desgalichado, rojo, con unos bigotes que parecían de alambre. Cuando me
     encontraba en el vestíbulo, se apartaba respetuosamente para dejarme paso,
     y si estaba borracho me hacía un saludo militar llevándose la mano a la
     gorra. Por las noches, cuando estaba cenando, yo le oía, al través del
     tabique que separaba mi camaranchón de su cuarto, masticar y lanzar
     ruidosos suspiros cada vez que bebía «vodka» como si bebiese veneno.
        -¡Mamá!- le gritaba a la vieja Karpovna.
        -¿Qué, hijo mío?- le preguntaba ella al carnicero, a quien quería con
     locura.
        -Oiga usted una cosa, mamá: como es usted tan buena conmigo, la
     mantendré a usted mientras viva, y cuando se muera la haré enterrar a mis
     expensas. ¡Palabra de honor!
        Me levantaba todos los días antes de salir el sol y me acostaba
     temprano. Las pintores de brocha gorda comemos mucho y dormimos
     profundamente; pero, no sé por qué, padecemos, sobre todo de noche,
     fuertes palpitaciones de corazón.
        Con mis compañeros me hallaba en buenas relaciones. Se pasaban la vida
     cambiando maldiciones terribles, como, por ejemplo: «¡Que se te salten los
     ojos!» «¡Que te dé el cólera!'; pero, a la postre, se vivía en perfecta
     camaradería. Los obreros me consideraban una especie de sectario
     religioso; de otro modo, no se explicaban que un caballero, hijo de un
     arquitecto, se hubiera convertido, por su propia voluntad, en un simple
     trabajador. Me gastaban frecuentes bromas; pero yo no me ofendía. Casi
     todos carecían de sentimientos religiosos, y confesaban que no iban o que
     iban muy poco a la iglesia.
        -Nuestro traje -decían para justificarse- asustaría a los fieles...
        La mayoría de ellos me tenían cierto respeto. Me estimaban porque no
     bebía «vodka», no fumaba y llevaba una vida sobria y tranquila. Sólo les
     enojaba el que no robase pintura, como se acostumbra entre los del oficio,
     y el que me negase a pedirles propinas a los parroquianos. Todos ellos
     robaban pintura: era una tradición consagrada por la práctica. Hasta el
     propio Nabó, aquel hombre, escrupulosamente honrado, se creía en el deber
     de respetar dicha tradición, y todos los días, cuando terminaba el
     trabajo, se llevaba un poco de pintura perteneciente al parroquiano. En
     cuanto a las propinas, incluso los obreros viejos y respetables que tenían
     casa propia en el arrabal Marakija no se avergonzaban de pedirlas. Era
     triste ver a todo un grupo de trabajadores descubrirse ante un
     parroquiano, pedirle con tono humilde una propina y expresarle su
     gratitud, al recibirla, con tono no más digno.
        En fin: se conducían con los parroquianos como verdaderos jesuitas, y
     yo me acordaba, mirándolos, de Polonio, el personaje de Shakespeare.
        -Creo que va a llover -decía el parroquiano, mirando al cielo.
        -¡De seguro! -confirmaban los obreros- ¡Va a llover a mares!
        -Sin embargo, se va poniendo raso. Me parece que no lloverá.
        -Sí, tiene razón su excelencia. No lloverá, no.
        Despreciaban de todo corazón a los parroquianos, y, en su ausencia, se
     burlaban de ellos sin piedad. Si veían, por ejemplo, a uno leyendo un
     periódico en la terraza, hacían en voz baja observaciones como ésta:
        -Está leyendo el periódico; pero quizá no tenga qué llevarse a la boca.
     . . . . . . . . . .
        Yo no iba nunca a casa de mi padre. Muchas tardes, cuando volvía,
     después del trabajo, a mi posada, encontraba cartitas de mi hermana,
     concisas, escritas con una visible turbación. Casi siempre me hablaba en
     ellas de mi padre, que ora estaba triste y silencioso durante la comida,
     ora de un humor endiablado, ora tan taciturno y poco sociable que no salía
     de su cuarto.
        Aquellas cartas turbaban mi alma y me quitaban el sueño. Algunas noches
     vagaba horas enteras por la calle de la Nobleza, por delante de nuestra
     casa, dirigiendo miradas escrutadoras a las ventanas obscuras y
     esforzándome en adivinar lo que ocurría tras ellas. Se me antojaba siempre
     que había ocurrido alguna desgracia.
        Los domingos mi hermana venía a verme, siempre en secreto, sin que mi
     padre se enterase. Aparentaba venir no a verme a mí, sino a nuestra
     nodriza. Estaba pálida y con los ojos hinchados de llorar. En cuanto
     llegaba daba rienda suelta a las lágrimas.
        -¡Papá no soportará esto! -me decía en tono quejumbroso-. Si le sucede
     una desgracia -no lo quiera Dios-, tendrás toda tu vida remordimientos de
     conciencia... ¡Es horrible, Misail! En nombre de nuestra pobre madre te
     suplico que cambies de conducta!
        -No comprendo, querida -le respondía-, cómo te empeñas en que cambie de
     conducta cuando estoy seguro de que obro según me manda mi conciencia.
        -Ya sé que llevas una vida homesta... Está muy bien; pero, ¿no podrías
     comportarte lo mismo... de otra manera, para no hacer sufrir a los demás?
        La vieja Karpovna escuchaba desde su cuarto nuestra conversación,
     suspiraba dolorosamente y decía de cuando en cuando:
        ¡Dios mío, es un desgraciado! Acabará mal, muy mal...





     - VI -
        Un domingo recibí la visita inesperada del doctor Blagovo. Llevaba una
     guerrera blanca, camisa de seda y botas de montar.
        -¡Aquí me tiene usted! -me dijo en tono amistoso, dándome un fuerte
     apretón de manos como un joven estudiante-. Hace tiempo que deseaba verle.
     Todos los días oigo hablar de usted, y he decidido venir a verle para que
     hablemos un poco como buenos amigos. Se aburre uno terriblemente en la
     ciudad. Ni una sola persona con quien poder charlar un rato...
        Calló, se enjugó con el pañuelo el sudor de la frente, y continuó:
        -¡Qué calor hace, Virgen Santa! ¿Me permite usted?
        Se quitó la guerrera y se quedó en mangas de camisa.
        -Bueno, si no tiene usted inconveniente, echaremos un párrafo -me
     propuso de nuevo.
        Yo también me aburría y tenía gana, hacía tiempo, de hablar con alguien
     que no fuese pintor de brocha gorda. Y aquella visita me placía. Se lo
     dije.
        -Ante todo, he de declararle a usted -comenzó, sentándose en mi cama-
     que he visto con mucha simpatía el paso decisivo que ha dado, y que su
     vida actual merece toda mi estimación. Aquí, en esta ciudad, no se le
     comprende, y no es extraño; como usted sabe, todos nuestros paisanos, casi
     sin ninguna excepción, son unos salvajes, unas gentes sin cultura, llenas
     de prejuicios. Se diría que son personajes de Gogol resucitados. Pero
     usted tiene un alma noble, aspiraciones elevadas. Las adiviné cuando nos
     conocimos en Dubechnia. Le respeto y quiero estrecharle la mano para
     demostrárselo.
        Hablaba con tono solemne y entusiástico.
        Luego de estrecharme fuertemente la mano, prosiguió:
        -Para cambiar tan brusca y tan radicalmente de vida como usted acaba de
     hacerlo, ha debido usted de pasar por una larga lucha interior; para
     continuar esta nueva vida y mantenerse a la altura de sus ideas, debe
     usted, sin duda, gastar diariamente gran cantidad de energías
     espirituales. Ahora bien, dígamelo usted con toda sinceridad: ¿No le
     parece a usted que sería más razonable, más productivo, gastar esas mismas
     energías con miras más altas, por ejemplo, con la de llegar a ser un gran
     sabio o un gran artista? ¿No le parece a usted que su existencia,
     entonces, sería infinitamente más bella, y más útil a la humanidad?
        La conversación de tal manera comenzada siguió su curso. A una de sus
     objeciones, relativa al trabajo físico, le contesté:
        -Es absolutamente necesario que todos, los fuertes y los débiles, los
     ricos y los pobres, tomen parte, en la misma medida, en la lucha por la
     existencia. Cada uno debe contribuir, con arreglo a sus fuerzas, en el
     trabajo humano. El trabajo físico debe ser obligatorio para todos, sin
     excepción, y sólo así se logrará que desaparezcan todas las injusticias
     sociales. Sólo así los fuertes dejarán de oprimir a los débiles y la
     minoría dejará de considerar a la mayoría una bestia de carga que debe
     trabajar para los parásitos.
        -Entonces, a su juicio de usted, ¿todos, sin excepción, deben ocuparse
     en el trabajo físico?
        -Sí.
        -¿Pero no cree usted que si todos, incluso los más grandes pensadores y
     sabios, tomaran parte en la lucha por la existencia, como usted la
     concibe, es decir, picando piedra y cavando, entregándose al trabajo
     físico, se vería el progreso seriamente amenazado?
        -No. El progreso no se hallaría, en manera alguna, en peligro. El
     progreso se basa en el amor al prójimo, en el cumplimiento de las leyes
     rnorales. Si nadie vive a expensas de los demás ni los oprime, ¿qué más
     progreso? ¿Existe acaso otro progreso?
        -¡Pero, permítame usted! -me replicó el doctor, encolerizado de
     pronto-. ¡Si cada uno se dedica por entero al perfeccionamiento de su
     propia persona y a la contemplación de su propia belleza moral, no hay
     progreso posible!
        -¿Por qué? Si para mantener su famoso progreso de usted es preciso que
     unos trabajen para otros, alimentándolos, vistiéndolos, defendiéndolos,
     con riesgo de su vida, contra sus enemigos, tal progreso no vale un
     comino, pues se basa en una tremenda injusticia.
        -Usted constriñe la idea del progreso -objetó vivamente Blagovo-. Lo
     reduce a algo demasiado pequeño, a algo mezquino. El progreso no puede ser
     limitado por las necesidades y las aspiraciones de tal o cual grupo de
     gentes. Tiene un carácter universal y no se somete a nuestros deseos.
     Escapa a nuestra comprensión y desconocemos sus fines.
        -Entonces, ¿ni siquiera nos es dable saber adónde puede conducirnos ese
     famoso progreso? En ese caso la vida no tenía sentido.
        -¿Y qué falta nos hace saber adónde se dirige la humanidad? El saberlo
     sería aburrido y la vida perdería todo interés. Subo por la escala que se
     llama progreso, civilización, cultura; subo sin saber adónde iré a parar;
     pero no me enoja. El camino en sí es tan hermoso que sólo el avanzar por
     él vale la pena de vivir. Y usted, que busca el sentido de la vida, ¿para
     qué vive? ¿Para luchar contra la opresión de unos por otros? ¿Para que un
     gran pintor y el que le fabrica los colores puedan tener el mismo dinero?
     Ese es el lado prosaico, filisteo de la vida; es su segundo término, la
     cocina, la fachada trasera, y le aseguro a usted que no tiene nada de
     intersante. No vale la pena de vivir para eso. Hasta sería repugnante
     vivir para eso. Si hay bestias que se devoran unas a otras, ¿qué se le va
     a hacer? ¡Allá se las hayan! No deben preocuparnos. Nunca será posible
     salvarlas de su estupidez, y están destinadas a la podredumbre. Lo que nos
     debe preocupar es el grande y radiante porvenir de la humanidad...
        Aunque discutía conmigo en tono apasionado, Blagovo parecía preocupado
     por otra cosa y daba muestras de cierta inquietud.
        -Probablemente su hermana de usted no vendrá ya -dijo, luego de
     consultar el reloj-. Ayer estuvo en casa y dijo que vendría hoy.
        Se quedó silencioso un instante y continuó después:
        -Habla usted de la esclavitud, de la explotación de unos por otros;
     pero eso son detalles, cuestiones de harto escasa importancia al lado del
     progreso humano, considerado en conjunto. Esas cuestiones las va
     resolviendo la humanidad poco a poco, a medida que evoluciona.
        -Sí; pero en la espera de que resuelva esas cuestiones no podemos
     permanecer con los brazos cruzados, no podemos limitarnos a ser
     espectadores pasivos de todas las injusticias. Cada uno de nosotros debe
     resolver por sí mismo la cuestión del bien y del mal. Por otra parte, nada
     nos indica que la humanidad evolucione con rumbo al bien. Junto al
     desarrollo de las ideas humanitarias contemplamos el de ideas de muy
     distinto género. La servidumbre ha sido abolida; pero en su lugar yergue
     la cabeza el capitalismo. Y en plena floración de las ideas emancipadoras,
     la explotación del hombre por el hombre sigue su curso: exactamente igual
     que en la Edad Media, la minoría continúa alimentándose, vistiéndose, y
     haciéndose defender por la mayoría, que continúa hambrienta, desnuda y sin
     defensa.
        -Pero no se puede negar que la humanidad mejora de día en día.
        -No lo veo. Las injusticias más atroces subsisten al lado de las más
     nobles corrientes de ideas y del desenvolvimiento de la ciencia y del
     arte. El arte de explotar al prójimo se desenvuelve al unísono de las
     demás artes. Es verdad que la servidumbre ha sido jurídicamente abolida;
     pero la hemos resucitado, revistiéndola de otras formas más refinadas, y
     nos hemos hecho bastante inteligentes para justificarla con toda suerte de
     sofismas. Pese a todas las nobles ideas de que hacemos gala, si la gente
     pudiera encargar de sus funciones fisiológicas más desagradables a sus
     servidores, lo haría sin titubear; y para justificarlo, argüiría que los
     sabios, los artistas, los pensadores, no pueden malgastar su precioso
     tiempo en cierta clase de funciones sin grave peligro del progreso
     humano...
        En aquel instante entró mi hermana. Al ver al doctor se turbó mucho y
     dijo, momentos después de llegar, que era ya tarde y que la esperaba papá.
        -¡Cleopatra Alexeyevna! -exclamó Blagovo con acento persuasivo-. ¿Qué
     daño puede haber para su padre de usted en que pase usted media hora
     conmigo y su hermano?
        Había en su voz tal expresión de sinceridad que convencía. Mi hermana
     reflexionó un poco, se echó luego a reír y se llenó de una súbita alegría.
        Nos dirigimos a las afueras, nos sentamos sobre la hierba y continuamos
     nuestra conversación. En la ciudad, frente a nosotros, las ventanas
     parecían de oro, heridos sus cristales por los rayos del sol.
        A partir de aquel día, cada vez que mi hermana venía a verme, venía
     también el doctor Blagovo. Aparentaban encontrarse en casa por casualidad.
        Ella escuchaba atentamente nuestras discusiones, pintados en el rostro
     la alegría y el entusiasmo. Se diría que un mundo nuevo se abría poco a
     poco a sus ojos, un mundo cuya existencia no sospechaba y que se esforzaba
     en conocer una vez entrevisto.
        Cuando el doctor no estaba presente, permanecía silenciosa y triste. De
     cuando en cuando lloraba con un suave llanto; pero no era yo quien la
     hacía llorar.
        En el mes de agosto, Nabó nos anunció que ibamos a trabajar en el
     camino de hierro, fuera de la ciudad. Dos días antes del fijado para
     nuestra marcha, mi padre se presentó de pronto en casa.
        Se sentó, se secó la frente sudorosa con el pañuelo, y sin mirarme,
     lentamente, extrajo de un bolsillo de su americana el periódico local, y
     casi deletreando me leyó una noticia referente a mi antiguo compañero de
     colegio, el hijo del director del Banco. Aquel joven había sido nombrado
     no sé qué de gran importancia en el ministerio de Hacienda.
        -Y ahora -dijo mi padre, doblando despaciosamente el periódico- vuelve
     los ojos a ti mismo: vas vestido de andrajos como el más miserable de los
     canallas. Hasta la gente humilde procura recibir alguna instrucción para
     ocupar en el mundo un lugar lo mejor posible, y tú, Poloznev, que procedes
     de una familia noble, que ha dado a la patria hombres ilustres, te empeñas
     en vivir en el cieno, en los bajos fondos sociales...
        Se levantó, me dirigió una mirada llena de cólera, y añadió:
        -Pero no he venido para hablar de ti, pues harto se me alcanza que
     sería tiempo perdido. He venido a preguntarte: ¿Dónde está tu hermana,
     miserable? Salió de casa después de comer, y aunque son ya las ocho, no ha
     vuelto todavía. Ha comenzado no hace mucho a salir con frecuencia sin
     decirme nada. Ya no es la hija respetuosa que era. Adivino en ello tu
     influencia nefasta, sinvergüenza. ¿Sabes dónde está?
        Llevaba en la mano el paraguas de marras. Creí que se disponía a
     sacudirme el polvo como había hecho tantas veces, y sentí el temor
     infantil de un escolar a quien va a castigar el maestro. Mi padre advirtió
     la mirada que dirigí al paraguas y se dominó.
        -Tú ya no me interesas -dijo-. Te privo de mi bendición paternal. Te he
     arrancado completamente de mi corazón.
        La vieja Karpovna, que oía nuestra conversación, suspiró.
        -¡Dios mío, Virgen Santa! -balbuceó-. ¡Estás perdido para siempre!
     Acabarás mal...
     . . . . . . . . . .
        Comencé a trabajar en el camino de hierro.
        El mes de agosto fue lluvioso, húmedo y frío. El mal tiempo impedía
     transportar el trigo. Por todas partes se veían montones de trigo altos
     como colinas. A causa de las lluvias se iban ennegreciendo de día en día y
     desmoronándose.
        Era difícil trabajar: cuanto hacíamos nosotros lo desbarataba la
     lluvia. No se nos permitía vivir en los edificios de las estaciones y
     teníamos que guarecernos en sucias y húmedas cabañas construidas por los
     obreros. Yo pasaba unas noches muy malas tiritando de frío y de humedad.
     Con frecuencia, los obreros de la línea venían a armarnos camorra, y con
     el menor pretexto nos vapuleaban. Esto constituía para ellos una manera de
     deporte que les divertía mucho. Nos sacudían el polvo, nos robaban los
     colores y, para hacernos rabiar, nos destruían el trabajo.
        Por si esto era poco, Nabó empezó a pagarnos sin regularidad. Bajo la
     dependencia de otros contratistas, recibía de ellos muy poco dinero y no
     ganaba lo bastante para poder pagarnos bien. Por otra parte, las lluvias
     incesantes nos impedían trabajar y perdíamos mucho tiempo. Los obreros,
     hambrientos y sin un cuarto en el bolsillo, se daban a todos los demonios
     y estaban dispuestos a pegarle a Nabó una paliza. Le insultaban, le
     llamaban canalla, mala sangre, Judas. El desventurado suspiraba, procuraba
     calmarlos y acababa por ir a casa de la generala Cheprakov en demanda de
     un pequeño préstamo.



     - VII -
        Llegó el otoño, lluvioso, cenagoso sin sol.
        Sólo raras veces teníamos trabajo. Me pasaba parado hasta tres días
     seguidos. Para no morirme de hambre hacía cosas por completo ajenas a mi
     oficio; llevaba agua cavaba, recibiendo por ello veinte «copecks» de
     jornal.
        El doctor Blagovo se había marchado a Petensburgo. A mi hermana no
     había vuelto a verla. Nabó había caído enfermo y no abandonaba ya el
     lecho, esperando la muerte. Mi humor era también otoñal.
        Vivía de nuevo en la ciudad, y lo que veía me inspiraba una repugnancia
     profunda. Convertido en un simple obrero, contemplaba la vida de mis
     paisanos desde un nuevo punto de vista.
        Los que yo consideraba menos sinvergüenzas se revelaban ahora a mis
     ojos en toda su vileza, crueles, sin escrúpulos, capaces de toda maldad.
     Nos engañaban a cada paso, trataban de pagarnos lo menos posible, nos
     hacían esperar horas enteras en el portal frío o en la cocina, nos
     hablaban en un lenguaje brutal, nos insultaban, nos trataban, en fin, como
     a vil chusma.
        Recuerdo un hecho significativo: me encargaron de empapelar el club de
     la ciudad. Me pagaban a razón de siete «copecks» por rollo de papel, y
     como se me propusiera firmar un recibo de doce «copecks» por rollo, me
     negué a hacerlo. Entonces uno de los administradores del club, un señor de
     aspecto muy respetable, con gafas de oro, me gritó:
        -¡Si añades una palabra más, te rompo las muelas, canalla!
        Un camarero allí presente le dijo algo al oído, quizá que yo era el
     hijo del arquitecto Poloznev. El administrador se turbó un poco, pero se
     repuso en seguida y contestó:
        -¿Qué vamos a hacerle? ¡A la porra!
        Los tenderos se creían en el deber de vendernos el género, más malo, el
     que no se atrevían a ofrecerles a los demás. En las carnicerías nos daban
     a menudo carne echada a perder. En la iglesia éramos brutalmente
     atropellados por la policía. Cuando alguno de nosotros estaba enfermo en
     el hospital, los enfermeros y las enfermeras le trataban con un desprecio
     altivo, le robaban el alimento y le servían de comer en platos sucios. En
     las oficinas de correos, cualquier empleadillo se creía en el derecho de
     tratarnos como a bestias y de insultarnos groseramente.
        -¡Espera! ¿No ves que estoy ocupado?
        Hasta los perros parecían despreciarnos y se lanzaban contra nosotros
     con una furia singular.
        Lo que sobre todo me indignaba en nuestra ciudad era la ausencia
     absoluta del espíritu de justicia. Mi nueva posición social me permitía
     comprobarlo a cada paso. Mis paisanos estaban, como dice el vulgo, dejados
     de la mano de Dios. Todos sin excepción, robaban, estafaban, engañaban,
     abusaban de la confianza: los comerciantes, los contratistas, los
     empleados. A nosotros, simples obreros, no se nos reconocían ningunos
     derechos, ni aun los más elementales; el dinero que se nos debía por
     nuestro trabajo nos veíamos obligados a mendigarlo, como una limosna,
     gorra en mano, a la puerta de nuestros deudores.
        Un día que me hallaba en e1 club empapelando una habitación inmediata
     al salón de lectura, vi de pronto entrar a la hija del ingeniero
     Dolchikov, con unos cuantos libros en la mano.
        -¡Hola! -dijo cuando me hubo reconocido, tendiéndome la mano-. Celebro
     mucho verle a usted.
        Se sonreía y miraba con curiosidad mi blusa, el bote de la cola, los
     rollos de papel extendidos en el suelo.
        Yo estaba confuso. Ella también parecía turbada.
        -Perdone usted -me dijo- que le mire de esta manera. He oído hablar
     mucho de usted, sobre todo al doctor Blagovo, a quien le ha sorbido usted
     el seso. También he tenido el gusto de conocer a su hermana de usted. Es
     una muchacha muy simpática; pero no he conseguido persuadirla de que su
     situación actual de usted no tiene nada de horrible. Yo, por el contrario,
     creo que es usted hoy el hombre más interesante de la ciudad.
        Miró de nuevo la cola y los rollos de papel y prosiguió:
        -Le había rogado al doctor Blagovo que me proporcionase una ocasión de
     hablar con usted. Seguramente no se ha acordado o no ha tenido tiempo. El
     caso es que ya nos hemos conocido, y yo tendría mucho gusto en que viniese
     usted por casa. Soy una mujer sencilla y espero no ser para usted causa de
     azoramiento.
        Me estrechó la mano, y añadió:
        -Mi padre no está en la ciudad, está en Petersburgo.
        Y entró en el salón de lectura.
        Aquella noche dormí muy poco: tan turbado estaba.
     . . . . . . . . . .
        Desde el punto de vista material, aquel otoño fue para mí muy malo.
     Ganaba muy poco y sufría muchas privaciones. Pero un alma caritativa
     acudía en mi auxilio, enviándome de cuando en cuando, ya bizcochos, ya
     perdices asadas, ya té y azúcar. Karpovna me decía que todo aquello lo
     llevaba un soldado, el cual nunca quería decir de parte de quién. Le
     preguntaba a mi vieja nodriza si yo estaba bien de salud, si comía todos
     los días y si tenía ropa de abrigo.
        Cuando los fríos se hicieron más fuertes, el mismo soldado me llevó una
     bufanda de punto que exhalaba un perfume delicado, apenas perceptilble, de
     lirio silvestre. Ese perfume me reveló que mi buena hada era Ana Blagovo.
     La hermana del doctor se pirraba por los lirios silvestres, y su esencia
     era su perfume predilecto.
        En invierno tuvimos ya más trabajo, y la situación no era tan triste.
     Nabó resucitó de nuevo y desplegó otra vez su acostumbrada actividad.
     Trabajé con él en la iglesia del cementerio, donde nos encargaron el
     dorado de los viejos iconos y algunas reparaciones. El trabajo era
     agradable e interesante. Además, los obreros se conducían, por respeto al
     lugar sagrado, muy correctamente: no se injuriaban y ni siquiera se reían.
     Se advertía que hacían cuanto estaba en su mano, par no profanar el lugar
     con destemplanza alguna.
        Absortos en el trabajo, estábamos casi inmóviles, punto menos que como
     estatuas. Nos rodeaba el silencio profundo del cementerio. Si algún
     instrumento se caía al suelo, volvíamos la cabeza asustados: tan
     habituados nos hallábamos a tal silencio. De cuando en cuando se oía al
     sacerdote salmodiar preces sobre el ataúd de un niño. A veces, un pintor,
     que pintaba en la cúpula una paloma, empezaba a silbar quedito y espantado
     él mismo de su audacia, se callaba en seguida. Cuando las campanas de la
     iglesia empezaban a sonar tristemente sobre nuestras cabezas, adivinábamos
     que traían un difunto de la ciudad.
        Entregado al trabajo durante el día en aquel templo silencioso, yo me
     permitía por las noches jugar al billar, o, si había algún espectáculo, ir
     al teatro, a entrada general, con el traje que acababa de hacerme y en el
     que había invertido parte de mis ahorros.
        En casa de Achoguin había ya comenzado la saison théatrale. Se
     celebraron funciones y conciertos de aficionados. Las decoraciones ahora
     eran pintadas por Nabó sólo, sin mi ayuda. Cuando volvía de casa de
     Achoguin, me contaba el argumento de las piezas que se representaban y el
     asunto de los cuadros vivos que se ponían en escena. Todo aquello me
     interesaba mucho y yo habría dado cualquier cosa por estar en su lugar. Me
     habría placido en extremo asistir a los espectáculos de casa de Achoguin,
     pero no me atrevía a ir.
        Una semana antes de las fiestas de Navidad llegó el doctor Blagovo.
        De nuevo comenzaron nuestras discusiones. Por las noches jugábamos al
     billar. Para jugar se quitaba la americana, se desabrochaba la camisa, en
     fin, hacía cuanto le era dable por parecer un muchacho que sabe gozar de
     la vida. Aunque casi no bebía vino, ponía un gran empeño en pasar por un
     gran bebedor y todas las noches se dejaba en la caja de la taberna «Volga»
     un buen puñada de rublos, por más que los precios allí eran moderados.
        Las visitas de mi hermana volvieron a empezar. De nuevo ella y el
     doctor se encontraban en casa, aparentando encontrarse por casualidad;
     pero por la alegría que se pintaba en sus semblantes no tardé en darme
     cuenta de que no había tal casualidad, y los encuentros obedecían a un
     previo convenio.
        Hallándonos una noche jugando al billar, el doctor me dijo:
        -¿Por qué no visita usted a la señorita Dolchikov? No conoce usted a
     María Victorovna: es inteligentísima, de muy buen corazón y muy sencilla;
     una mujer encantadora, en fin.
        Le conté cómo me había acogido, la primavera anterior, el ingeniero
     Dolchikov y se echó a reír.
        -No haga usted caso -me dijo-. María Victorovna es completamente
     independiente de su padre y hace lo que le da la gana... Debía usted ir a
     verla. Se alegraría mucho. Si quiere usted, iremos mañana juntos.
        Acabó por persuadirme.
        A la noche siguiente, me puse mi traje nuevo, y muy turbado me dirigí a
     casa de la señorita Dolchikov.
        El criado que me abrió la puerta no me pareció ya tan terrible ni el
     mobiliario tan lujoso como la mañana memorable que visité al señor
     Dolchikov para pedirle un empleo.
        María Victorovna, prevenida por Blagovo de mi visita, me acogió como a
     un antiguo conocido y me estrechó cordialmente la mano.
        Llevaba una bata gris de mangas perdidas, y los cabellos peinados a la
     moda no conocida aún en la ciudad y que se llamó luego «orejas de perro»
     porque los cabellos cubrían las orejas. María Victorovna era bella y
     elegante, pero no parecía muy joven: representaba treinta años, aunque en
     realidad sólo tenía veinticinco.
        -¡Estoy agradecidísima a nuestro querido doctor! -me dijo, invitándome
     a sentarme-. Sin su intervención no habría usted venido a casa. Me aburro
     mortalmente. Mi padre se ha ido, dejándome sola, y no sé cómo pasar el
     tiempo en esta ciudad.
        Luego me preguntó dónde trabajaba, dónde vivía, cuánto ganaba.
        -¿No gasta usted más que lo que gana? -inquirió.
        -Nada más.
        -¡Qué feliz es usted! -suspiró-. Se me antoja que todo el mal proviene
     de la ociosidad, del aburrimiento, del vacío del alma, inevitable cuando
     no se hace nada y se vive a costa de los demás. La costumbre de vivir sin
     trabajar tiene consecuencias fatales. No se crea usted que lo digo por
     coquetetería. Le doy mi palabra de que no es nada interesante ni grato el
     ser rico. Además, el origen de la riqueza es casi siempre poco honrado: es
     imposible hacerse rico honradamente.
        Contempló con una mirada fría y grave al mobiliario, como si quisiera
     inventariarlo, y añadió:
        -El confort, las comodidades tienen una gran fuerza de atracción: poco
     a poco conquistan hasta a los que poseen una voluntad firme. En otro
     tiempo, vivíamos mi padre y yo muy modestamente, casi pobremente, y
     ahora... ¡ya ve usted qué lujo! Me da vergüenza confesarlo; pero gastamos
     ¡hasta veinte mil rublos anuales, aquí, en este rincón provinciano!
        -El confort -respondí- es un privilegio inevitable del capital y la
     instrucción. Pero yo creo que el confort no es incompatible ni con el
     trabajo más penoso. Su padre de usted, por ejemplo, a pesar de su riqueza,
     se entrega a veces a trabajos de maquinista, de simple obrero... Se puede
     ser rico y trabajar rudamente.
        Ella se sonrió y sacudió irónicamente la cabeza.
        -Los trabajos rudos de mi padre no pasan de ser caprichos,
     diversiones... También le gusta, de vez en cuando, un plato de sopa
     campesina o un pedazo de pan negro...
        En aquel momento sonó la campanilla de la puerta y María Victorovna se
     levantó.
        -Todo el mundo .prosiguió, dirigiéndose a la puerta- debe trabajar. El
     confort debe ser para todos. ¡Nada de excepciones, nada de privilegios!
        Y salió.
        Momentos después volvió acompañada del doctor Blagovo.
        -Habíamos entablado -le dijo- un diálogo filosófico. Pero ¡basta de
     filosofía! Cuéntenos usted algo. Háblenos, por ejemplo, de sus compañeros
     de trabajo. Deben de ser muy interesantes.
        Empecé a informarla; pero, en parte por mi torpeza de hombre no
     habituado a narrar y en parte por mi turbación, mi relato fue seco, como
     el de un etnógrafo que refiriese algo tocante a la vida de los pueblos.
        El doctor también refirió varias anécdotas a propósito de los obreros,
     aunque con más gracia, como un artista consumado: remedaba a los obreros
     borrachos, lloraba, caía de hinojos, hasta se tendía en el suelo para
     parodiar mejor la embriaguez.
        María Victorovna le miraba y se desternillaba de risa.
        Luego el doctor se sentó al piano y empezó a tocar y a cantar. María
     Victorovna, de pie, a su lado, le colocaba en el atril los cuadernos de
     música y le corregía cuando se equivocaba.
        -He oído, decir que usted también canta -le dije a la señorita
     Dolchikov.
        -¿También? -gritó horrorizado el doctor-. ¡Pero si María Victorovna es
     una verdadera artista! ¡Canta admirablemente!
        -Hace años -dijo ella- me dediqué en serio a los estudios musicales;
     pero la música ya no me interesa.
        Se sentó en un confidente y se puso a contarnos su vida en Petersburgo,
     en el medio artístico adonde la habían llevado sus aficiones filarmónicas.
     Imitaba a las más célebres cantantes, su voz, sus actitudes, su manera de
     aparecer ante el público. Luego nos retrató en su álbum al doctor y a mí.
     Los retratos eran bastante mediocres, pero tenían cierto parecido. Reía,
&